Abd-ul-hamid I

Emperador otomano. (N. en 20 mayo 1725. M. en 7 abr. 1789.) Sucedio a su hermano Mustafá III, vigésimoséptimo sultán de Constantinopla, en 21 en. 1774. fue el 5. o hijo de Achmet III, y tenía cualidades para haber gobernado bien su reino en tiempo de paz; pero las diferentes campañas que emprendio tuvieron casi siempre un resultado desastroso, ocasionándole pérdidas de territorio hasta la batalla de Octuakof, que le ganó el general ruso Potemkin en 6 de set. 1788 y le costó la vida. Le sucedio su sobrino Selim III.

Abanico Continuacion

Los antiguos griegos tenían abanicos de varias clases: el miosoba, el ripis, aventador. Considerábase entre los griegos como una muestra de señalada atención el abanicar un recién casado a su desposada durante el sueño, y este acto de atención era tan estimado que bastaba para alcanzarle el perdón de cualquier falta cometida. Cuando salían a paseo, les llevaban en cestas los esclavos abanicos a donde quiera que iban. Con la introducción de los pavos reales en Grecia el siglo v a. J. C., penetraron también los abanicos de pluma de la cola de pavo real. En Atenas consideraban las mujeres al abanico como al cetro de la hermosura. Los clásicos hacen a menudo referencias a este instrumento de aereación. Eurípides, en su tragedia Elena, presenta un eunuco que cuenta con todos sus pormenores el cómo, según la costumbre frigia, había estado abanicando la cabellera, los brazos, el pecho… de la bella esposa de Menelao. El abanico del Gran Sacerdote de Isis, cuando el culto de esta divinidad empezó a propagarse por Grecia, era semicircular y de plumas de diferentes longitudes: un esclavo tenía a su cargo el agitarlo en los momentos oportunos.
El abanico rígido fue conocido de los latinos, que lo llamaban flabelo. Las matronas romanas no lo tenían en menos estimación que las griegas los psigmas; pero no eran manejados por ellas, sino por sus esclavas. Una dama elegante de Roma no salía nunca sin ir acompañada de una flabelífera. Los poetas romanos, – Ovülio, Terencio, Propercio,…- aluden frecuentemente al abanico, y en los diseños de los antiguos vasos se ve la extensión griegos, y de avestruz, de papagayo, de faisán, etc., sujetas a un mango de oro, de plata o de marfil: las damas los colgaban de la cintura por medio de una cadenita de oro, y eran tan estimados, que ellos solos constituían uno de los comercios más lucrativos de los mercados de Levante, de donde eran ex portados a Venecia yá otras ciudades de Italia. En la catedral de Monza se conserva el flabelo o abanico de la reina Teodolinda, casada en 588 con Antario, rey de los lombardos: es de plumas pintadas y montadas sobre un mango de metal esmaltado. Durante el reinado de Isabel de Inglaterra se confeccionaron flabelos de plumas, fijas alrededor de un círculo de madera y en su mismo plano, del que salía un mango torneado. Un hilo que pasaba por las barbas de las plumas contribuía a mantenerlas en posición. Otros flabelos consistían en dos vistosas alas de pájaros, adosadas por su parte convexa. Los retratos de la época representan a las damas con abanicos de esta clase. En Inglaterra usaron entonces flabelos de plumas, tanto las señoras como los caballeros, y los mangos solían ostentar ricas incrustaciones y piedras de gran precio. Era moda entre las señoras llevar colgando de la cintura un espejito asegurado a una cadena de oro; pero el espejo pronto perdio su independencia, y pasó a formar parte de las incrustaciones de los flabelos, encadenados a su vez y pendientes también de la cintura. Cuando leyeron a la Condesa de Essex su sentencia de muerte, llevaba nno de estos, con el cual se cubría la cara durante la lectura. La reina Isabel poseía nada menos que 28, regalados en su mayor parte por sus cortesanos.
La necesidad de procurarse corrientes refrigeradoras, haciéndose sentir apremiantemente en todos los países tropicales, ha debido dar origen en todos a instrumentos semejantes o análogos al paipai chino, al psigma griego o al flabelo romano; y, con efecto, así lo demuestra la historia. Entre los obsequios enviados a Hernán Cortés por Motezuma había seis abanicos de plumas de díferentes colores, cuatro montados sobre 10 varillas, uno sobre 13 y el otro sobre 37, incrustadas de oro.
En todos los puntos calorosos ha habido, pues, abanicos; pero los primitivos no han sido como los actuales, susceptibles de abrirse y de cerrarse a voluntad: todos consistieron en un mango, a uno de cuyos extremos se sujetaba una extensa superficie, ya de hojas, ya de telas estiradas en una armazón ligera, ya de plumas agrupadas o extendidas convenientemente. ¡Cómo pudo tardar tanto la humanidad en inventar los actuales! Es que, en realidad, su invento requiere un gran esfuerzo intelectual?
VI. La importancia social y política de los abanicos ha sido y es extraordinaria, mucho mayor de lo que a primera vista pudiera presumirse. En Egipto, refrigeradores del aire que había de respirar el Faraón en tiempo de paz; guardianes siempre de las ofrendas sagradas en el templo, de donde alejaban los insectos voladores, eran estandartes en tiempo de guerra y signo de autoridad. Entre los chinos y los japoneses, las personas de ambos sexos usan abanico, personajes de importancia. se consagran al estudio del abanico para conocer las reglas a que están sujetos y la etiqueta que les concierne. \’rollo joven noble en la Corte Imperial del Japón lleva un abanico especialísimo, que difiere en forma y en materia de los del uso ordinario, por estar decorado con hermosas cintas de seda de cinco diferentes colores: rojo-clavel, blanco, verde, negro y amarillo; las cuales, después de rodeado el abanico, rebasan de la mano como unos dos piés, y sus undulaciones y serpenteos producen efectos muy bonitos. Además, el joven que goza el privilegio de llevar esta clase de abanicos, va vestido de colores más brillantes que los demás. En el Japón, el abanico sirve de bandeja, y la reemplaza. Cuando alguien regala algo a otro, es costumbre colocar el regalo en bandejas destinadas a tal uso, cuya altura y cuya forma varían según la jerarquía del donante; pero, caso de no encontrarse bandeja a propósito, está muy bien mirado sustituirla con un abanico, y presentado a la persona que lo ha de recibir por el lado del clavillo. Los japoneses no usan en todas las circunstancias el mismo abanico: para el baile y el teatro han de ser de una hechura especial; en ciertas ceremonias, las japonesas los han de llevar de madera y con adornos de seda. Los usuales son de bambu y papel, lisos unas veces, y otras embellecidos con sucesos históricos o escenas de los libros poéticos del Japón.
También los japoneses, como los chinos, usan los abanicos en vez de álbum, y escriben en ellos versos de amor y sentimiento, y los adornan con sus favoritas flores de melocotón y su montaña de fuego. El campesino más pobre japonés, que en los días de fiesta puede usar solamente el vestido de trabajo, lleva indefectiblemente su abanico en la mano, y por nada en el mundo saldría sin él, pues es de saber que los hombres allí usan más el abanico que las mujeres, quienes a veces lo dejan por otras prendas en favor.
Pero, solamente en China es el abanico una insignia de honor? También lo es en nuestra vieja Europa. Luisa Ulrick, reina de Suecia, fundó en 1774 la órden del Abanico para las damas de su corte; pero permitió a algunos caballeros que entrasen en ella.
Y, ¡hablaremos de cómo un abanico puede ocasionar la ruina de un imperio! El 30 de abril de 1827, en un movimiento de cólera, el rey de Argel dio un abanicazo al cónsul de Francia Mr. Duval, y la consecuencia de semejante arrebato de ira fue la conquista de Argel por los franceses.
Pero,qué más?La importancia del abanico se ha extendido hasta la liturgia cristiana. Ya hemos visto a los egipcios y a las sacerdotisas de Grecia y Roma con sus penachos de pluma y sus miosobas, psigmas, muscarias y flabelos, defendiendo las ofrendas sagradas y ahuyentando de ellas a los insectos voladores. Pues también en las Iglesias griega y romana hubo sacerdotes ocupados en defender las sagradas especies de la Eucaristía, agitando continuamente el aire por medio de flabelos hechos con plumas d pavo real. San Atanasia fue flabelífero, y en una antigua patena encontrada en las Catacumbas de que había tomado la moda. Los romanos, en sus convites, hacían que esclavas, lindos muchachos o eunucos, colocados detrás de los comensales, estuviesen agitando constantemente el aire con los flabelos, para producirles una brisa refrescante y librarlos de la incomodidad de los insectos en los días de calor. Léese en Suetonio que el emperador Augusto tenía un esclavo cu1o único oficio era abanicarle mientras dormía; costumbre que se conserva actualmente entre los pueblos malayos, en donde se ve a menudo a los esclavos de los sultanes dedicados al servicio del paipai, ósea abanicando a sus señores. Abanicos,más ligeros, conocidos con el nombre de muscaria, semejantes a los miosobas griegos, se usaban en Roma para espantar las moscas y ahuyentarlas de las personas, o bien de los alimentos y de las ofrendas de los sacrificios; y otro género tosco, semejante a nuestros sopladores, servía para avivar el fuego de los sacrificios
En China es complemento del vestido nacional, y tanto, que el estuche del abanico, el de los anteojos, la relojera y las bolsas de tabaco y de betel, constituyen insignias de autoridad.
En visita de cumplido, todo chino de distinción ha de lucir el abanico en la mano; y, habiéndose propagado mucho la moda de escribir pensamientos notables en los abanicos, cada cual se procura la satisfacción, mny cara a veces, de ostentar en ellos el autógrafo de algún gran personaje.
No hay objeto que haga más papel en la existencia de los japoneses. Los soldados no se ponen en marcha sin tan indispensable adherente. El japonés anota sus apuntes en el abanico como nosotros en la cartera, y con él saluda, como nosotros con el sombrero. El premio concedido a los niños aplicados en las escuelas consiste siempre en algún abanico. En él se coloca la limosna que haya de alargarse a un pobre. Al criminal de alta jerarquía se le anuncia muy destinado a este eso. Uno ha llegado nosotros, que representa un querubin con seis alas.
Todavía cuando el papa es conducido en su silla portátil en ciertas procesiones y actos pontificales, dos camareros secretos de Su Santidad van a derecha e izquierda agitando cada uno un flabelo.
El ripis se halla mencionado como un adherente liturgico en las Constituciones apostólicas, VIII, 12, donde se explica que entre el ofertorio y la comunion estaran dos diáconos de pie junto al altar con abanicos de lienzo, de piel delgada o de plumas de pavo real para espantar los insectos y preservar de ellos los vaso sagrados. En las liturgias de San Basilio y do San Crisóstomo se hace mención del uso de estos aireadores durante la consagración.
Créese que en la Iglesia de Occidente no estaba reservado sólo a los diáconos el uso del flabelo; el cual, definitivamente cayó en desuso durante los Oficios divinos después del siglo xiv, en el Occidente católico; si bien se conserva en algunos templos de Italia, no sólo en las procesiones, sino también en el altar.
Todavía la Iglesia griega da a los diáconos un abanico para que ahuyenten las moscas que puedan incomodar al oficiante que dice la misa. También en la Iglesia armenia se usa el flabelo con tal fin. En algunas festividades, pero especialmente en la llamada Festa di Cattedra, el Papa se presenta acompañado de dos fiabelíferos, cada uno de los cuales lleva en alto un abanico de plumas con mango de marfil, aunque sin abanicar.
\"abanico\"
Pero la importancia social del abanico nos toca más de cerca. El abanico, hijo del sol, es el cómplice más temible de la calentura amorosa que decide del porvenir de un hombre: es el talismán feliz de las fascinaciones femeninas, ya se repliegue, ya se extienda, ya serpentee por el aire en curvas erráticas e impredecibles; ya en dulces aleteos deje primero ver y luego oculte encantos y gracias seductoras; ya en lengua incomprensible haga acompañamiento con un ffrrrrfrr suavísimo y casi imperceptible a un sí dubitativo e indeciso, que promete otro sí decidido y resuelto a corta fecha; ya, al cerrarse airadamente, robustezca un NO rotundo un frrk repentino y atronador. Unas veces tapa y encubre de todo el mundo un mimo encantado, menos de aquel para quien va dirigido; otras veces impide ver una perfidia; otras quiere, pero no puede, ocultar el rubor de una confianza o el fuego de un deseo; otras, deja ver una malignidad que finge esconder, una sonrisa que pretende disimular, un enojo cuya intensidad ha de quedar en duda; pero siempre y en todas ocasiones sus movimientos desplegados, sus undulaciones recogidas, sus aleteos, sus giros, sus aprobaciones, sus celos y sus enfados, hallan en el corazón del hombre una cuerda delicadísima que poner en vibración simpática, la cual siempre da un tono fascinante de la escala del amor.
VII. Y, si en todas partes el abanico es el arma más temible en la lucha in visible de las atracciones y repulsiones de la simpatía, iqué decir de España, donde el abanico es el vehículo maravilloso y astuto de un lenguaje clave, ni aun por los que estan en el secreto se descifra de improviso cuando ha sido alterada según caprichos inexplicables de nuestras dulces enemigas i Quién, alguna vez, o muchas veces, al encontrarse en Andalucía entre mujeres de entendimiento, no ha creído sorprender en lo parado de sus renegros ojos de fuego, y en lo sistemático y acompasado de los movimientos de sus abanicos, que estaban hablando entre sí y para sí, mientras sus blancas dentaduras con sus sonrisas de encanto, y sus palabras de seducción, acordes con las preguntas que se les hacían, dejaban ver a las claras toda la inconsistencia del axioma no es posible estar en dos partes a la vez i Quién no se ha dicho receloso: si estarán hablando de mí Y si hablan de mí, iqué es lo que dicen El célebre:poeta inglés Addison supo que las españolas teman un lenguaje secreto en sus abanicos; lo aprendio, y, en sus ocios, hallaba sumo solaz enseñándolo a sus paisanas. Pero ¡oh dolor! las inglesas le salieron discípulas inenseñables. Por el contrario, en Andalucía, cada muchacha resulta tan maestra, que, aprendidas las reglas generales, en el acto sujeta a otras arbitrarias su abanico para no ser así entendida más que de sus pocas compañeras, confidentes de los cuidados de su corazon.
i Cual es, pues, hoy por hoy, el verdadero lenguaje del abanico i Cuál fue el primitivo No es muy fácil deslindado con impecable seguridad: rasgos comunes tienen todos; pero el simbolismo varía en cada población: en Sevilla no es completamente como en Cádiz, ni como en Córdoba y Granada; y en cada población se gloría de una variante muy sutil cada corro de muchachas.
Los sordo-mudos tienen dos clases de alfabetos: una, que requiere movimientos y posiciones de las dos manos; y otra, que sólo necesita los de una sola. También el abanico usa dos alfabetos:el primero parece haber sido tomado del de la dactilología (de dedo), o el de la dactilología procedio del abanico: ¡tanta es la conformidad que, en general, presentan uno y otro! La primera clase de los alfabetos dactilológicos, la de dos manos, se subdivide en varios sistemas, uno de los cuales consiste esencialmente en tocar con el pulgar de la derecha cualquiera de los puntos de la mano izquierda asignados a las letras en el diagrama siguiente: Pues el alfabeto análogo del abanico consiste en señalar con el extremo de los padrones alguno de los sitios de la mano izquierda. Aquí la ortografía (nunca muy amiga de la mujer) ha tenido que ceder a la velocidad: el abanico no entiende de bees ni de vees, ni sabe lo que es la q ni la x ni la z: la ñ se hace con dos n n, etc. Este sistema coincide con el anterior en destinar las vocales las puntas de los dedos, y a las consonantes las falanges de los mismos; pero cada muchacha lo modifica luego a su capricho, y ora las vocales bajan a la palma de la mano, ora son reemplazadas por movimientos especiales del abanico, ora por aberturas y cierres convenidos. Con sólo variar el sitio de las vocales, se hace ya imposible sorprender de improviso una conversación; y, por lo mismo, las vocales y la s son las letras que con más frecuencia cambian de domicilio. La paciencia descifra toda clave secreta, porque la paciencia dispone de tiempo a su placer; pero nadie improvisa una interpretación.
Aunque ininteligible para los no iniciados, el sistema que requiere el uso de las dos manos es demasiado primitivo, porque muy pronto la contradanza de los padrones en los dedos deja ver que algo se está hablando; y el femenil disimulo goza en que ni aun siquiera sean sospechadas sus malicias. Así, pues, este alfabeto del abanico, aunque siempre en uso, especialmente para las frases cortas, no es ni ha sido nunca el alfabeto sagrado de la intimidad; y, así como la dactilología presta mucha luz a los orígenes del alfabeto que requiere ambas manos para el simbolismo del abanico; así también el alfabeto campilológico sirve para precisar el lenguaje especial del abanico cuando éste se gobierna con una sola mano. Las andaluzas enseñaron este alfabeto a los hombres, para que con los bastones o los báculos respondiesen a sus preguntas hechas con el abanico. El alfabeto de este lenguaje fue muy usado en Cádiz, San Fernando y Gibraltar del 23 al 33 entre los patriotas perseguidos; los cuales le impusieron el bien pedantesco nombre de campilologia (de báculo, cayado). Este lenguaje consistía en dos ideas solamente, por cierto que, aunque muy sencillas, de ingenio sumo: en mostrar según cuatro orientaciones diferentes un objeto no simétrico ejemplo, donde salió campilologia; y 2. o en hacerle tomar cinco posiciones distintas en cada orientación. De este modo, pudieron obtenerse 20 signos diferentes, con lo que sobraba para figurar las letras del alfabeto. En cada orientación había de aparecer el objeto una vez vertical, otra inclinado hacia delante, otra inclinado hacia la izquierda, otra hacia el pecho del que hablaba, y otra hacia u derecha; con lo cual se tenían las cinco posiciones de cada orientación. Siempre una orientación correspondía a las vocales, y las otras tres a las consonantes y al signo interrogativo. En vez de báculos se emplea-ron bastones con borlas a un lado, chivatas de toros, las copillas para encender los cigarros, que, a falta de fósforos, había entonces en los cafés, llaves, pipas, dijes o sellos de reloj, libros o cuadernos; en fin, cualesquiera objetos en que, por su falta de simetría, fuesen visibles cuatro orientaciones diferentes, y en cada orientación cinco posiciones perspicuamente distintas. Los liberales mantenian el sigilo de este alfabeto especial, y su pureza; pero también a veces algunos lo alteraban de modo conocido de ellos solos. Así, inventaron una dactilología especial, que, habiendo empezado siendo secreto entre muy pocos, fue luego alfabeto común entre todos los adeptos. Ya no hubo en ella orientaciones, sino SÍMBOLOS de orientación. La primera orientación se indicó con la mano cerrada; la segunda con un dedo cualquiera extendido; la tercera con dos dedos, y la cuarta con la mano abierta.
El alfabeto del abanico movido por una sola mano se fundaba en los dos mismos principios del campilológico: cuatro orientaciones, y cinco posiciones distintas en cada orientación. A la orientación de las vocales correspondía el abanico cerrado, o bien abierto, pero de perfil a aquel a quien se hablaba: la segunda orientación se indicaba con el abanico abierto y presentado de frente, pero manejado de tal modo que el ruedo grueso quedase oculto por el varillaje: la tercera orientación con el abanico también de frente, pero sujeto de tal modo que por delante de las varillas apareciese el dedo grueso; y la cuarta orientación con el plano del país colocado horizontalmente o hacia abajo. Para las vocales había, pues, doble juego de orientación: para las consonantes uno solo. Las cinco posiciones distintas correspondientes a cada orientación se simbolizaban con posiciones y movimientos análogos a los de la campilología: una posición vertical; una inclinación al frente; otra a la izquierda; otra hacia el pecho, y otra a la derecha. En la cuarta orientación sólo había tres direcciones: una al frente, otra a la izquierda, y otra a la derecha. Parece que la primera orientación (la correspondiente a las vocales) se simbolizó también con el abanico un poco abierto y presentado de perfil: la segunda orientación con el abanico todo cerrado menos algunos pocos pliegues de la izquierda presentados de frente a aquel a quien se hablaba; la tercera orientación con el abanico también cerrado menos algunos pocos pliegues de la derecha, también presentados de frente; y la cuarta orientación abierto el abanico. Las cinco posiciones diferentes en cada orientación, eran inclinaciones análogas a las dichas.
En fin, cada muchacha inventaba sobre esto nuevas variantes; pero el sistema continuaba permanente en lo esencial: cuatro orientaciones, y cinco posiciones distintas en cada orientación. Y la prueba de que en eso consistía el originario lenguaje del abanico, está en el hecho de que el alfabeto campilológico era entonces comprendido de todas las señoras que la echaban de liberales como, con bien poco respeto a la gramática, las apodaba la policía de aquellos tiempos. Hoy, abolida enteramente la suspicacia intolerante de- la recluída educación que se daba a nuestras abuelas, y en usufructo los jóvenes de ambos sexos de todas las facilidades del trato que permite la buena sociedad sin detrimento de la decencia, el lenguaje del abanico carece del incentivo de lo prohibido, y naturalmente su prestigio disminuye, y acaso esté llamado a desaparacer. Pero todavía subsiste ese lenguaje, o mejor dicho, estarnos en plena Babel de sus alfabetos; y quizá el primitivo se mantenga aun en muy pocas localidades; pues las más exquisitas y diligentes investigaciones no consiguen ahora, por regla general, obtener más que datos muy discrepantes entre sí; sin embargo de lo cual, sus continuas coincidencias (demasiado numerosas para ser simplemente casuales) no dejan duda ninguna acerca de la comunidad de origen, acaso conservado en toda su pureza sólo en el sigilo de la campilología, por ser necesaria su inalterabilidad para la inteligencia de los iniciados.
El abanico tenía ademas su taquigrafía, o sea sus expresiones abreviadas, muchas de las cuales se conservan por unanimidad. El apoyar los labios en los padrones significa: No me rio; quitarse con ellos el cabello de la frente: No me olvides, abanicarse muy despacio: Ya me eres indiferente; pasear el índice por las varillas: Tenemos que hablar; entrar en la sala o salir.

Abadia

(V. Adad) lat. abbátra; fr. abbaie, abbaye; inglés abbacy) s. f. La dignidad de abad ó abadesa. La iglesia, monasterio, territorio, jurisdicción, bienes y rentas pertenecientes a un abad regular. La casa del cura en las comarcas donde éste recibe el nombre de abad. Ant. Obvención o luctuosa que percibía el párroco en algunas provincias a la muerte de sus feligreses. El edificio o territorios donde residía el abad secular.

Abadía

s. f. El lugar contiguo al sitio donde está fundada la iglesia, monasterio y habitación del abad, monjes o personas eclesiásticas destinadas al servicio y culto divino de una iglesia abacial.

Abadía

Arquit. e Hist. La primera abadía que existió fue fundada por San Pacomio (A. 340) en la Tebaida alta en una isla del Nilo. Las abadías una serie de construcciones interpoladas con claustros y cercadas de murallas a veces con almenas contenían, a más de la iglesia y sus dependencias, la sala capitular o de reunión del capítulo, la casa o palacio abacial, refectorio, dormitorios, talleres, biblioteca, noviciado, locutorios, hospedería para los forasteros, portería y otras varias dependencias de menos importancia, y dentro del mismo recinto huertas y tierras de labor, granjas, establos, eras, trojes y demás accesorios de toda explotación agrícola. Entre las abadías más importantes de Europa se citan, la de Poblet en Cataluña; la de Alcobaza en Portugal; las de Cluny, Claraval, Fécamp y Valmagne en Francia; las de Lorsch y Altenberg en Alemania;la de Windsor en IngIaterra y la de Monte Casino en Italia, tierra clásica de las abadías, donde éstas se cuentan por centenares.

Abadía

Geog. Aldea de la felig. de San Andrés de Masma, ayunt. y p. j. de Mondoñedo, prov. de Lugo; 15 casas. Aldea de la felig. de San Victorio de Ribas de Miño, ayunt. de Saviñao, p. j. de Monforte; 5 casas. Aldea de la felig. de San Clodio de Ribas de Sil, ayum. de Ribas de Sil, p. j. de Qniroga, prov. de Lugo;4 casas. Aldea de la felig. de Santiago de Sotordey, ayunt. de Ribas de Sil, p. j. de Quiroga, prov. de Lugo; 3 casas. Aldea de la felig. de Santa María de Torbeo, del mismo aynnt. y p. j. que la anterior; 4 casas. Aldea de la felig. de San Pedro de Benquerencia, ayunt. de Barreiros, p. j. de Ribadeo, prov. de Lugo; 25 casas. Finca de recreo y labor en el ayunt. y p. j. de Málaga. Casa de labor en el ayunt. y p. j. de Ro eda, prov. de Málaga.

Abadía

Geog. Aldea de Italia, sit. en el antiguo Milanesado y a la orilla izquierda del lago de Como. Comercio en vinos, aceites y sedas. 11Lugar con ayunt. en la prov. y a 84 km de32 Cáceres, p. j. de Hervás, sit. en una llanuraá orillas del río Ambroz. Tiene una iglesia gótica y las ruinas del palacio de los duques de Alba. 278 hab. Prod. cereales, ganado. Coto redondo en la prov. de Zamora, jurisdicción de la Granja de Moreruela.

Abadía (La)

Geog. Molino y casa en el ayunt. y p. j. del Barco de Avila, prov. de Avila. Casa de viña en el ayunt. y p. j. de Estepona, prov. de Málaga. Caserío de la felig. de San Juan de Camba, ayunt. de Castro Caldelas, p. j. de Puebla de Trives, prov. de Orense; 3 casas. Caserío de la felig. de Santiago de Tronceda, del mismo ayunt. y p. j. que el anterior; 2 casas. Caserío de la felig. de Santa María de Castrelo, ayunt. de Río, p. j. de Puebla de Trives, prov. de Orense; 3 casas.

Abadía (La) Y Mastijana

Geog. Barrio del valle de Mena, p. j. de Villarcayo, prov. de Burgos; 21 edificios.

Abadía (La)

Geog. Casa rectoral de la prov. de Lugo, ayunt. y feligr. de Rivas de Sil.

Abadía De Rueda (La)

Geog. Lugar situado en la prov. de Burgos, p. j. de Villarcayo, Merindad de Castilla la Vieja; 3 edificios.

Abadía De Labanza

Geog. Grupo de 3 casas en el ayunt. de San Salvador de Cantamuga, p. j. de Cervera del Pisuerga, prov. de Palencia.

Abadía De Lebanza

Geog. Caserío en el ayunt. de Cabezón de Liébana, p. j. de Potes, prov. de Santander; 2 casas.

Abadía (Prisión De La)

Hist. Prisión militar, establecida cerca de la antigua Abadía de Saint-Germain-des-Pres en París. Se hizo célebre durante el reinado del terror, por haberse encerrado en ella a las personas desafectas al régimen republicano. En los motines del 2 y 3 de septiembre de 1792, los terroristas, acaudillados, por el feroz Maillard, dieron muerte a 164 presos, la mayor parte nobles y sacerdotes.

Abadía (Francisco Javier)

. (N. en Valencia 1774. M. 1830.) Era jefe de estado mayor en el ejército de la Mancha en la época de la ocupación francesa; y, reuniendo los restos de aquel ejército se retiró a Cádiz, donde fue nombrado mariscal de campo, después de desempeñar algunos días la cartera de Guerra. En 1812 fue investido del mando del ejército de Galicia, que había organizado. Después del restablecimiento de Fernando VII en el trono, fue nombrado teniente general, y, encargado de la inspección de las tropas reunidas en Cádiz para la expedición a la América española, entonces en armas contra la Metrópoli.

Abadía (José)

Biog. Doctor en medicina, autor de una memoria, redactada en 1826, sobre la isla de Pinos (Antillas), en que trata del clima, terreno, aguas y condiciones de la Isla, y deduce su importancia para la aclimatación de las tropas peninsulares.

Abadía (Crisóstomo)

Biog. Predicador aragonés, nacido en el Burgo, a dos leguas de Zaragoza; profesó en la Religión de Clérigos reglares de San Cayetano en 177 4, fue consultor del capitan general de Cataluña Conde del Asalto, con quien viajó por Italia y Francia en 1784, y luego pasó a Madrid, donde murió en marzo de 1800. Dejó escritos varios sermones y discursos funebres y panegíricos.