Abercromby David

Médico escocés. (N. 1520. M. 1595.) Trata en una obra de los peligros que ofrece la salivación mercurial.

Abercromby (Juan)

Biog. Célebre horticultor y agrónomo escocés. (N. 1726 en las cercanías de Edimburgo. M. 1806.) Sus obras sobre horticultura son muy apreciadas y han sido traducidas a muchos idiomas.

Abercromby (Patricio)

Biog. Historiador escocés. (N. en Fanfar 1656. M. por el año de 1716.) Publicó una historia militar de Escocia.

Abercromby (Rafael)

Biog. General inglés. (N. en 1734 en Moustry, Escocia.) Entró en el ejército en 1756 como subteniente, y en 1787 era ya mayor general. Cuando la guerra contra Francia en 1793, fue enviado con una expedición a Holanda y se distinguió por el cuidado que tuvo con los heridos y enfermos del ejército que se encargó de retirar. En 1795 tuvo el mando de las tropas enviadas a América y tomó varias plazas en las costas españolas. De vuelta a Inglaterra, se le confió la tarea de sofocar en 1792 la rebelión de Irlanda; pero al cabo de poco tiempo fue trasladado a Escocia y luego de nuevo a Holanda con la expedición del duque de York contra los franceses, que fue tan desgraciada como la primera. En 1801 se le dio el mando de las fuerzas inglesas destinadas a Egipto, y logró desembarcar con ellas en Abukir, a pesar de los esfuerzos que hicieron los franceses para impedirlo. Pocos días después de su desembarco (8 de mar. de 1801), rechazó a los franceses cerca de Alejandría, y el 21 del mismo mes, en una sangrienta acción, les volvió a derrotar. En este combate perdió el caballo y quedó gravemente herido desde el principio, pero continuó mandando hasta el fin. De resultas de su herida y de la sangre que .había perdido por ocultarla, m. en el buque almirante en 25 de marzo.

Abejaruco

s. m. Ave de medio pie de largo, hermosa por el color azul y verde de sus alas y el amarillo de su pecho. Persigue a las abejas. met. La persona ridícula cuyo trato causa enfado.

Abejaruco

(del lat. passer, el gorrión) s. m. Ornit. Ave muy vistosa, que se alimenta de abejas, avispas, y de muchos otros insectos análogos, perteneciente a los paserinos merópidos fisirostros.
De entre los abejarucos el más común en España es el Merops apiaster de los naturalistas
Pero no sólo come abejas y avispas; caza también abejorros y cigarrones y otros insectos análogos; y muchos afirman que come grano y pica el perejil, los nabos, etc., etc.
Los abejarucos cogen al vuelo las abejas y las avispas, y es muy de notar que, o estos insectos no hacen uso de su aguijón contra ellos, ó, si lo hacen, el ácido fórmico de los aguijones no les cansa efecto.
Es ave muy llamativa por la brillantez de su plumaje. .
Al volar, las plumas de estos pájaros ofrecen riquísimos cambiantes, según les da la luz; pero los colores predominantes son el azul y el verde. El pico de estas aves es más largo que la cabeza, grueso en la base, puntiagudo, ligeramente curvo, de arista dorsal aguda, cortes acerados y bordes un poco entrantes; la mandíbula superior, más larga que la inferior, no tiene curvatura en la extremidad, ni está escotada cerca de la punta. Las patas son cortas y pequeñas; los dedos extremo y medio aparecen soldados Abejaruco cornun hasta la penúltima articulación y el exterior es casi tan largo como el de en medio. Las uñas son bastan te largas, curvas y aceradas, y se hallan provistas por dentro de una arista un poco saliente y cortante; las alas, largas y puntiagudas, tienen la segunda rémige más prolongada: la cola, bastante larga, se trunca en ángulo recto, más o menos ahorquillada o algo redondeada, con las rectrices medias dos veces más largas que las otras, en varias especies. Las plumas son largas y un tanto macizas; los colores vivos y variados, formando grandes superficies. Los sexos difieren muy poco entre sí por el plumaje; los peque1\’.os lo tienen más oscuro, pero a los dos años adquieren los matices de sus padres.
Habitan como indígenas en las regiones calientes de Java, Australia, etc., pero no en las de América.
El abejaruco no parece haber sido conocido en Alemania, ni acaso en Europa, antes del siglo XVI. La crónica de Leipzig de 1517, llamó la atención pública sobre unas aves raras y aún desconocidas, de la talla de la golondrina (mayores son), que hacían gran destrozo en las abejas y los peces (1). Estas aves, parecidas al martin pescador, aparecieron en Leipzig en las fiestas de San Felipe y Santiago del año citado.
No sabemos a punto fijo la época de su primera aparición en España, pero st que en el Diccionario de la Academia Española de 1726 se habla de los abejarucos como de especie generalmente conocida, y aún se cita en él una particularidad de estos pájaros no mencionada en otras obras, a saber: que vuelan igualmente hacia adelante y hacia atrás.
Aunque comen avispas, abejorros y cigarrones preferentemente, acuden en pequeñas bandadas a los colmenares, y allí se ciernen pausadamente y a poca altura, revolotean luego en curvas análogamente a las del vuelo de la golondrina, aunque con mucha menor rapidez, rara volver a cernerse luego con las alas extendidas, posición en que son muy cómodamente matados a tiros por los cazadores. El vuelo del abejaruco como su especie de grito guep, guep, que se oye a mucha distancia, son particularísimos. Unas veces se lanzan rápidos y veloces en línea recta, otras describen curvas graciosas análogas a las de la golondrina, pero con mayor lentitud; y sus alas, al cernerse, no tienen el especial tembloteo de las alas de la alondra, que se cierne cantando a mucha mayor altura.
Aunque el verlos casi siempre volando eh pequeños grupos sobre las colmenas ha hecho pensar a muchos que estas aves no se posan ni se reúnen en bandadas considerables, no es así. Le Vaillant los encontró en tan gran número cerca de la ciudad del Cabo, que pudo matar más de 300 en dos días, y vio que se posaban a millares en los árboles ocupando grandes extensiones de terreno.
No suele, pues, volar solitario, sino en bandadas. Su elegancia singular incita a los muchachos de Candía a cazar cigarras pará ellos, como las cazan para las grandes golondrinas. Dan a un alfiler forma de anzuelo, y lo atan de un hilo, luego cazan un cigarrón, lo sujetan con el altiler y lo echan a volar teniendo el extremo del hilo en la mano. El cigarrón vuela, el abejaruco acude y, tragándose el alfiler, queda preso.
Estas aves anidan en agujeros abiertos horizontalmente en terrenos cortados a pico. Su morada se reduce a una galería que desemboca en un compartimiento más ancho. La entradas de un nido observado por Brehm tenían tres centímetros de diámetro y la galería de 1m a 1m,50 en dirección horizontal; el compartimiento del fondo medía de 15 a 20 centímetros de largo, 10 a 15 de ancho y 6 a 8 de alto. No parecen haber sido sorprendidos aún en su trabajo de excavación; y, aunque algunos autores aseguran haber encontrado en sus nidos una capa de musgo o yerba, el citado Brehm no ha hallado más que las alas y las patas de los insectos muertos y los residuos de sus festines.
La hembra del abejaruco deposita en el nido, ordinariamente en el mes de junio, varios huevos, de 4 a 7 de un color blanco muy puro; los deja en el suelo y poco a poco los aludidos restos forman una capa en que reposa la progenie. Se ignora si es la hembra sola la que cubre los huevos o si el macho la ayuda en esta tarea; sí se sabe que ambos los alimentan y los crían, y que, al cabo de algunas semanas, los hijuelos son ágiles como los padres, y muy pronto no se diferencian de ellos más que en el olor.
Los abejarucos son muy astutos, según la opinión común, y emplean su astucia principalmente en defender a sus hijos y en proporcionarse y proporcionarles el alimento. Con el primer objeto, trasladan a sus hijos de un punto a otro, y cuando van a visitarlos toman una dirección opuesta a la en que deben ir a fin de desorientar a los observadores.
Respecto a sus astucias en el modo de cazar, son por extremo interesantes los datos de Heuglín acerca de los abejarucos nubios, observados en el Kordofán. Allí se ve a los abejarucos posados sobre los bueyes, los asnos y a veces sobre las cigüeñas que se pasean majestuosamente en medio de las hierbas; y, desde lo alto de estas singulares cabalgaduras, atisban los abejarucos las langostas que sus monturas levantan, se abalanzan a ellas como rayos, las atrapan y se vuelven muy satisfechos a su singular y ambulante observatorio.
Aunque los abejarucos son de buena índole y jamás se disputan su presa, ni pelean por motivo alguno, son extraordinariamente osados como cazadores. Así, en los grandes incendios de los bosques y las selvas, se los ve caer desde las alturas, perseguir junto a las llamas a los espantados insectos, y remontarse y volver a caer para elevarse otra vez en medio de torbellinos de humo. Su temeridad llega hasta el punto de que Heuglín asegura haberlos visto quemarse las puntas de las alas y de la cola.
A causa de su afición a las abejas son perseguidos por los apicultores, quienes los matan a tiros con gran facilidad. Aunque el refrán español dice que Ave que vuela a la cazuela, la gente de campo de Andalucía no suele comerlos.
Al abejaruco se atribuyen virtudes medicinales y cosméticas: su carne es útil para curar las úlceras; y su hiel, mezclada con aceite y aceitunas verdes, comunica, dicen, al pelo un magnífico color negro. Sus plumas, y aún el pájaro mismo disecado, constituyen un primoroso adorno para los sombreros que hoy estilan las señoras en España y Francia. Su frente es de un precioso color de alga marina; castaña la parte superior de la cabeza; la garganta de amarillo color de oro, rodeada de un collar negro; la cola de un verde que azulea, y el vientre y la pechuga del color de la frente.
En cuanto a su carácter de cazador de insectos, aún no está bien determinado si es beneficioso o nocivo; pues, si es cierto que mata a las abejas, insectos útiles, también es cierto que combate a las langostas que destruyen nuestros campos. Si contra éstas pudieran lanzarse a voluntad las formidables legiones o nubes de abejarucos vistas por Hartmáan no lejos de Sennaar, aquellas causarían seguramente menores estragos en nuestras cosechas.
Los abejarucos pueden vivir en cautiverio; pero su alimentación es difícil y costosa, pues ha de ser la misma que tienen en estado libre, y su voracidad es tanta, que comen diariamente más del doble del peso de su cuerpo. Habituados desde pequeños a su jaula y a su ración, que al principio hay que hacerles tomar a la fuerza, llegan a conocer a sus dueños, a cobrarles mucho afecto y aún a saludarlos y a dar muestras de satisfacción y alegría en su presencia.

Abbatucci Santiago Pedro

General francés. (N. en 1726. M. en 1812.) Después de haber sido antagonista de Paoli, se alió con él para sostener la independencia de Córcega.:Menos afortunado con las armas francesas que lo había sido con las italianas, fue no obstante el último campeón de la independencia de su país. Condenado a una pena infamante, y amnistiado después, Luis XVI le colmó de mercedes, confiriéndole el grado de mariscal de campo del ejército francés; y como tal defendio la isla de Córcega contra los ingleses en 1793 y contra el mismo Paoli, jefe de los descontentos. Hizo la campaña de Italia a las órdenes de Bonaparte; pero éste tenía tan mala opinión de él q ne escribió a lDirectorio: Abbatucci no sirve para mandar cincuenta hombres. Cuando en 1799 los ingleses se retiraron de Córcega, Abbatucci volvió a la isla, y allí, satisfecho de su reputación militar por la de sus hijos, de los cuales tres sucumbieron en el campo de batalla, se retiró. Murió oscuramente a la edad de 86 años.

Abastar

(del baj. lat. bastare, de bastuts, suficiente) v. a. Es voz antigua y poco usada, decía la Ac. Esp. en 1726. Proveer o abastecer con abundancia.

Abastar

v. n. Bastar, ser suficiente. Era voz antigua en 1726 según el Dice. primero de la Ac. Esp.

Abanillo

(dimin. de abano) s. m. El abanico pequeño. (Ac. Esp. Dice. de 1726.)

Abanillo

el Dice. de la Ac. Esp. de 1726 dice: Vale también lo mismo que el fuelle o porción ahuecada que había en los cuellos alechugados que antiguamente se usaron.

Abad

Etim. (V. Aba, y Abba: lat. abbás abbátis, abad).

Abad

El superior y primero entre los monjes. Usan de este título los superiores de las órdenes de San Basilio, San Benito, San Bernardo, y otras monacales. En general, el jefe de los monjes, que tiene autoridad para cuidar de la disciplina monástica y de las cosas temporales pertenecientes al monasterio, excepto en casos determinados.

Abad

El superior y cabeza de algunas iglesias colegiales, como la de Alcalá la Real, Lerma y otras. Y también los superiores de algunas iglesias en que sirven canónigos reglares, como las de San Isidro de León, Santa María de Arbas, Covadonga y otras.

Abad

En algunas catedrales de España había dignidades con el título de ABAD, como en la de Toledo, el abad de Santa Leocadia; en la de Oviedo, el abad de Govadonga; en la de Cuenca, el abad de la Seu, etc.

Abad

Los curas y beneficiados llaman así a la persona que eligen cada año, o cada tres, para superior del cuerpo o cabildo que constituyen todos juntos, como sucede en Madrid, Salamanca, y otros puntos; pero este ABAD solamente tiene jurisdicción económica y por lo que toca a los oficios divinos cuando el clero parroquial se reúne en cabildo.

Abad

Antiguamente, sin distinción ni diferencia, se llamaba así al cura o párroco de alguna iglesia; pero, andando el tiempo, solamente ha quedado el uso de esta voz con este significado en Galicia, Asturias, Portugal, Navarra y Cataluña.

Abad

Con este nombre llaman en algunas ciudades y villas de España al que es cabeza de alguna Hermandad y Cofradía, que en otras llaman prior. Vale lo mismo que superior y primero de los cofrades.

Abad

El noble que posee legítimamente y por herencia alguna abadía con frutos secularizados, como sucede en Vizcaya y en otras partes de España. Vale lo mismo que señor de tal abadía y territorio, como lo es el abad de Vivanco, y otros de esta calidad.

Abad

En lnglaterra se titula así el obispo cuya sede fue en otro tiempo abadía.

Abad

En Inglaterra se nombra abad al jefe de ciertas mojigangas, como el abad de la locura.

Abad

En Génova se tituló así al jefe de cierta clase de magistrados. – (Siglo XIII). Llamábasele también ABAD DEL PUEBLO (1290 a 1339).

Abad Bendito

El que tiene y ejerce jurisdicción casi episcopal en su iglesia y territorio. ABAD EXENTO. El que por privilegio era independiente del obispo, por lo cual la grey independiente se llamaba nullius diócesis. Estos prelados exentos de la autoridad episcopal no lo estaban de la del Papa. – ABAD MITRADO. El que usa y puede traer insignias episcopales. – ABAD VERE NULLJUS. V. Abad exento. – CARA DE ABAD: Cara gruesa, colorada, rolliza. – MESA DE ABAD: Mesa abundante y suntuosa.
ABAD AVARIENTO, POR UN BODIGO PIERDE CIENTO: refrán que enseña que la avaricia es perjudicial aun al mismo avaro.
ABAD DE ZARZUELA, COMISTEIS LA OLLA, PEDÍS LA CAZUELA: quiere decir que no debe uno pedir lo supérfluo teniendo lo necesario.
EL ABAD DE BAMBA, LO QUE NO PUEDE COMER, DALO POR SU ALMA: reprende a los que dan lo que para sí no pueden aprovechar.
EL ABAD, DE LO QUE CANTA, YANTA: manifiesta que cada cual tiene derecho a recibir el precio de su trabajo.
COMO LA MOZA DEL ABAD, QUE NO CUECE y TIENE PAN: refrán con que se reprende a los que viven sin trabajar a costa de otros, como la criada del abad mantenida de las ofrendas, sin el trabajo de amasar y cocer el pan.
EN CASA DEL ABAD, COMER Y LLEVAR: refrán con que se manifiesta que en las casas opulentas no solo se halla el mantenimiento fácilmente, sino que, por falta de órden y economía, se saca mucho para otras.
COMO CANTA EL ABAD, RESPONDE EL SACRISTÁN: alude a que la conducta de los superiores suele ser seguida por los inferiores.
ABAD Y BALLESTERO, MAL PARA LOS MOROS: refrán con que se advierte (dice la Ac. Esp. en su Último Diccionario) cuán peligroso es tener por enemigo a quien reuna en sí el poder de la autoridad espiritual y de la fuerza material. Pero la misma Academia en su primer Dic. de 1726 daba otra interpretación muy diferente diciendo: Abad y ballestero, \’mal para los moros: refrán que da a entender, que si el abad, superior o párroco es belicoso y de genio terrible e inquieto, de ninguno más que de él se deben recelar los feligreses y súbditos, porque difícilmente pueden aguardar o esperar otra cosa que males; y así este adagio, como especie de imprecación, dice que el daño que resultare no caiga sobre ellos, sino sobre los moros o enemigos.
SI BIEN CANTA EL ABAD, NO LE VA EN ZAGA EL MONACILLO: refrán con que se ponderan las habilidades de uno a quien se tiene en menos.
EL MAL PARA QUIEN LO FUERE A BUSCAR, Y PARA LA MANCEBA DEL ABAD: refrán con que se manifiesta que quien hace lo malo, experimenta las desventuras consiguientes a la infracción de la ley moral.

Abad Ecuménico

Título que se daba a algunos monjes griegos.

Abad Del Oratorio

Título del archi-capellán de palacio en la corte de los antiguos reyes de Francia.

El Abad De San Elpidio

Dícese de quien no tiene ningún destino u ocupación y está siempre esperando colocarse en puesto encumbrado y lucrativo, a que nunca llega.

El Abad De Los Abades

San Benito, fundador de la abadía de Moute-Cassino. Por extensióu, el abad de esta abadía. V. Abad, Hist.

Abad

Título que se daba al caballero que era jefe de los cincuenta caballeros hijos-dalgo que componían la guardia llamada del conde don Gómez.

Abad

Hist. Los abades, como superiores de los monasterios, no fueron conocidos como institución hasta el siglo IV de la Iglesia. En aquella época los monjes eran seglares consagrados a la oración y al trabajo manual, y, por tanto, al elegir abad que los gobernara, lo tomaban más bien de entre los legos que de entre los clérigos.
Eusebio, en su Historia Eclesiástica, no menciona a los monjes; pero, al hablar de las personas varones o hembras que hacían vida austera aspirando a la perfección, trata de Narciso, obispo de Jerusalem, que a fines del siglo II se retiró al desierto y pasó algunos años entregado a la soledad y a la contemplación. Considerase a San Antonio (250-355) como al patriarca de los monjes. Por sus muchos y numerosos discípulos se sabe que los veinte arños siguientes a su retiro del mundo hizo vida completamente solitaria, consagrado exclusivamente a su perfeccionamiento espiritual. Sólo las instancias de quienes deseaban ser instruídos por él le decidieron a salir de su retiro y a aceptar la dirección de los que le tomaran por macstro y guía de conducta. De esta sumisión arranca el principio de la santa obediencia.
Si vosotros, hombres de endeble y enferma voluntad, queréis adquirir mi incontrastable fuerza espiritual, haced lo que me aconseja mi experiencia y no me preguntéis por qué.
San Poemen, famoso abad egipcio del siglo IV, decía a sus discípulos: Jamas queráis hacer vuestra voluntad; antes bien, solazáos en subyugarla y en hacer la de los mejores; que nada regocija más al enemigo que el espectáculo de quien oculta sus tentaciones a su director.
Sedientos, pues, de perfección muchos desgraciados, y huyendo además de las persecuciones del Imperio, penetraron a fines del siglo IV en los desiertos que circundan el valle del Nilo para vivir allí en comunidad bajo la dirección de hombres acreditados en el vencimiento de las pasiones. A esta superioridad debieron su fama San Pacomio, San Hilarión, San Macario y tantos otros.
Divinos coros, dice San Atanasio, resuenan en las montañas, tabernáculos de regocijo en las cosas que han de venir, donde todo es amor y armoma de los unos para los otros, y todo trabajo es caridad, oracion, ayuno, estudio y canto. Tales fueron los efectos de las predicaciones del abad San Antón en los primitivos Padres del desierto.
Así, pues, los primeros abades, lo mismo que los monjes a quíenes gobernaban, fueron seglares. Lo primero era el dominio de sí propio, – el monje: lo segundo el encargo de dirigir, – el abad. Por lo tanto, en las grandes colonias monásticas de Palestina y de Egipto existía sólo algún que otro sacerdote para la celebración de los divinos oficios. Pero pronto hubo de acrecentarse el número de monjes ordenados, porque los obispos tenían verdadera satisfacción en conferir las órdenes sagradas a varones de probada abnegación y que habían logrado extinguir en sí todos los apetitos desordenados del egoismo. Luego hubo de exigirse la ordenación de los abades como regla general; pero, aun en el siglo IX, muchos abades eran simplemente diáconos, hasta que el concilio de Poitiers, en 1078, estableció que los abades habían de recibir las órdenes sacerdotales, so pena de no poder ejercer el cargo o ser desposeidos de él.
Claro es que este carácter laical de los primitivos abades y anacoretas no tiene nada que ver con el de los magnates y ricos que, andando los tiempos, fundaban monasterios sólo para eximir sus tierras de tributos; por lo cual eran apodados con el nombre de PSEUDO-ABADES.
Los monjes originariamente elegían sus abades, en virtud del principio Fratres eligant sibi Abbatem. Los obispos intervenían a veces en estas elecciones, pero el derecho de los monjes estaba solemnemente reconocido.
Los príncipes y señores temporales asumieron con el tiempo el derecho de nombrar abades y obispos para las sedes vacantes; pero la Iglesia logró al fin poner término a esta usurpacion de las facultades eclesiásticas. En el concilio de Worms (1122), el papa Calixto logró la renuncia del derecho que se atribuían los emperadores de dar a los obispos y abades la investidura de sus derechos feudales por medio del báculo y el anillo.
El art. 1.º de la Carta magna de Inglaterra (1215) determina que la Iglesia sea libre; por lo cual se entendía, entre otras cosas, que los monjes tenían derecho a la elección de sus abades. Pero en la práctica, el-patronato de las principales abadías inglesas en los dos siglos anteriores a la Reforma quedó compartido por una especie de convenio amistoso entre el Papa y el rey.
Los abades con el tiempo alcanzaron enormes privilegios, entre otros el derecho episcopal de conferir órdenes menores a sus monjes y hasta a los seglares, lo que dió lugar a prohibición expresa del concilio de Trento.
Mitra, báculo y anillo usaron los abades de los grandes monasterios, por lo que los tales abades mitrados recibieron el nombre de Abbates infulati. En Inglaterra, estos abades tomaban asiento en el Parlamento.
En el Parlamento de Eduardo 1, en 1295, había 67 abades y priores; pero este número descendió rápidamente: en 1341, sólo había 27, número al parecer próximamente fijo en las asambleas posteriores; pero, como el término medio de lores seglares asistentes al Parlamento era de unos cuarenta, la proporción de 27 abades en la Cámara era grande realmente.
Cuéntase que 28 abades mitrados y 2 priores de la orden de San Agustín pertenecían al Parlamento poco antes de la extinción de los monasterios. V. Abate.
La corona pocas veces intervino en Inglaterra en la elección de los abades, y, a su vez, en los Últimos tiempos de la Edad media, los abades ingleses intervinieron poco en los asuntos políticos. Así, pues, los reformadores religiosos encontraron pocas dificultades al llamar la atención del pais sobre la inutilidad de los pequeños monasterios por la holganza que en ellos imperaba; y así, por acta del Parlamento fueron incorporadas a la corona en 1356 las temporalidades de todos los monasterios, cuyas rentas no excedían de 200 libras anuales, número que ascendió a unos 380. Los monasterios de mas consideración fueron cediendo unos tras otros; por manera que en 1540 quedaron todos suprimidos; y es lo raro, dada la importancia de las antiguas abadías, que nunca practicaran gestiones ningunas de comÚn acuerdo ;para evitar su ruína, y que los abades de la Camara de los lores tampoco levantaran su voz contra disposiciones que ponían a la corona en posesión de los monasterios suprimidos. Con la desaparición de los abades de la Cámara de los lores, la preponderancia de lo seglar sobre lo clerical quedó decididamente asegurada, y la Reforma encontró más expedito su camino.
En la Edad media los abades ostentaron tantas dignidades, adquirieron tantas prerrogativas, y monopolizaron tales exenciones, que de ellas se quejó San Bernardo.

Abad

Legisl. (V. Abad, Dist.)

I. Diferentes Clases De Abades

– El derecho canónico divide a los abades en dos clases:
REGULARES; SECULARES.
Se denominan regulares los que tienen súbditos o casas religiosas bajo su mando.
Nómbrase seculares a los que gozan de algún beneficio eclesiástico secular, o bien tienen atribuciones\’ o disfrutan emolumentos por razón histórica.
Los abades son exentos o están sujetos al ordinario. V. _exenciones.
Además unos son benditos y tienen uso de pontificales, por lo que suelen llamarse mitrados, y otros no son benditos. V. Pontificales. .
Los abades impedidos en el ejercicio de su jurisdicción tienen a veces coadjutores como los obispos. V. Coadjutores.
De los abades regulares. – Los hay de varias clases: generales, particulares, titulares e in partibus.
El abad general es el superior de todo un orden monástico, como los de Monte Casino y el Cister con jurisdicción sobre varias abadías.
El abad particular sólo ticne a su cargo una abadía, y está subordinado a un abad general.
El abad titular no tiene abadía ni comunidad ba o sus órdenes.
El abad in partibus es aquel cuyo monasterio se halla en tierra de infieles. También suele ser nombrado así el que ha obtenido por breve especial un título por razones cualesquiera.
En la Iglesia de Oriente había también abades ecuménicos (universales) y abades cardinales.
Los abades regulares pasan a ser honorarios cuando, conservando categoría y honores, se ven obligados a dejar el servicio por causa de edad o por achaques de salud.
Las abadías benedictinas, conforme a su origen oriental, han sido siempre independientes en su gobierno interior; pero en la. Edad Media se concedió una especie de superioridad de honor a la Casa-Matriz de Monte-Casino, cuyo abad fue denominado el Abad De Los Abades. (Véase.)
De los abades seculares. – Los hay de varias clases:
1.ª La de los que disfrutan un beneficio, titulado abadía, por haber sido ésta regular en su origen y haberse secularizado después;
2.ª La de aquellos que no tienen beneficio ninguno y sí solamente un título, al cual van anejas algunas prerrogativas, tales como obvenciones en ciertos casos, derecho de presidencia en el coro, de iniciativa, de voto decisivo, etc.;
3.ª La de aquellos que gozan beneficio regular en encomienda.
4.ª En España la de los que tienen beneficio con presidencia de una iglesia colegial.
Muchas y de muy distinta índole fueron las cansas que dieron origen a estas tres diferentes clases de alJades seculares: unas veccs, la codicia de los poderosos que, en los siglos medios, invadían frecuentemente los terrenos de los monasterios y se apoderaban de sus riquezas, procurando dar al despojo carácter de protección; otras veces, la debilidad o el desamparo de algunas órdenes religiosas, que las obligaban tÍ solicitar en condiciones cualesquiera la protección del más fuerte. En ocasiones fue el deseo de los príncipes de remunerar servicios prestados tÍ su causa, al Estado o tÍ la Iglesia, como sucedió en Francia con los Aba-condes, en tiempo de Carlos Martel y sus descendientes.
Otras denominaciones. – San Antonio y San Pacomio, que reunieron bajo un régimen común a los solitarios del yermo, fueron los primeros en llamarse abades, pero hasta el siglo Xl los prelados de la orden de San Benito se denominaron indiferente o promiscuamente abades, mayores, prelados, priores, hegúmenos, presidentes, archimandritas y pastores. En la Iglesia griega se usan aún los títulos de archimandrita (jefe de claustro) y de hegúmeno (guía, conductor).

Ii. Elección De Los Abades

– En los tratados de disciplina eclesiástica se hallan expuestas con minuciosidad las ceremonias con que se verificaba la elección de los abades, pero ni en la forma, ni aún en el fondo, concuerdan todos los autores, pues mientras unos afirman que los abades eran elegidos por los obispos, sostienen otros que la elección correspondía a las comunidades. Unos y otros tienen razón, pues la disciplina variaba en este como en otros puntos según los tiempos y los países.
Los cánones, en todo caso, y sean cuales fueren las formalidades externas de la elección, determinan las condiciones que han de reunir tanto los electores como los elegibles; pero ha de tenerse en cuenta que, como principio general, la elección debe llevarse a cabo conforme a la regla, estatuto y costumbre especiales de cada orden.
Las condiciones para ser elector son de ordinario, y salvo muy contadas excepciones: pertenecer a la comunidad, haber recibido orden sacro y estar en pleno uso de las atribuciones y preeminencias sacerdotales.
Carecen de esta última condición, verbi gratia, los que han incurrido en censura, irregularidad, excomunión, los con1JÍctos de haber elegido sujeto notoriamente indigno, yen alguna comunidad los llamados legos o conversos.
Las condiciones para ser elegible eran: tener la edad canónica (25 años; el Papa podía dispensarla); ser profeso en la orden; ser hijo de legítimo matrimonio (los capítulos generales podían dispensar esta condición); pertenecer al mismo monasterio (de esta circunstancia podía prescindirse en el caso de no encontrarse en la comunidad sujeto digno de la honra de Abad).
No podía ser elegído abad el que ya lo era de otra comunidad, a no ser en el caso de que ésta fuese dependiente de la que elegía.
Los cánones excluyen taxativamente del número de los elegibles al simoniaco, apóstata, homicida, perjuro, pródigo, neófito, excomulgado, suspenso, incurso en entredicho, notoriamente malo, enfermo o defectuoso de alma o de cuerpo.

Iii. Confirmación De Los Abades

– Para ejercer jurisdicción y autoridad no bastaba la elección. Era necesario que esta elección fuese ratificada o sancionada por el Sumo Pontífice en unos casos, por el obispo en otros.
Sin tal confirmación no podían ingerirse los abades electos en el gobierno espiritual ni temporal de su monasterio o abadía.
En el término de tres meses, a contar desde el día de la elección, debía la confirmación ser solicitada por el abad electo.
Había, no obstante, excepciones varias en esto dc la confirmación, resumidas en el siguiente aforismo canónico: quando autem ad eligentem spectat electio, et confirmatio, tunc eo ipso quod eligat confirmare videtur. Cuando el que elige tiene la facultad de confirmar, se entiende que confirma en el mero hecho de elegir.
De todas suertes, los abades universales o generales de una orden debían obtener la confirmación del Soberano Pontífice, por cuyo motivo se llamaban consistoriales a estas abadías, pues se preconizaba en el consistorio a los electos, como a los obispos, y lo mismo sucedía con los Abades benditos de la Congregación benedictina tarraconense de que se hablara luego.
La orden del Cister estaba exenta de esta obligación por privilegio de Eugenio IV.

Iv. Bendición De Los Abades

– El abad ya confirmado debe recibir la bendición del obispo.
Esta bendición, ceremonia muy parecida a la de la consagración de los obispos, no es de absoluta necesidad para que el abad ejerza ninguna de las funciones de tal.
No había plazo determinado para solicitar ni recibir la bendición; pero era opinión generalizada que debía solicitarla el abad confirmado dentro del año de su confirmación. ∞∞V. ATRIBUCIONES DE LOS ABADES, sus DERECHOS Y OBLIGACIONES∞∞∞ – Los abades, por sí solos unas veces, con el consejo de la comunidad, o de los notables de ella otras, tenían derecho de corregir a sus monjes, imponiéndoles censuras o penas canónicas.
Cuando se trataba de delitos o crímenes, según su naturaleza conocía de ellos la jurisdicción eclesiástica, o la civil.
La antoridad de los abades solía diviuirse, por el objeto sobre que recaía, en auctoritas ad intra y auctoritas ad extra.
La autoridad intra claustra se subdividía en autoridad de economía, de orden y de jurisdicción.
En virtud de la autoridad económica, tenían los abades la administración de los bienes temporales, administración casi siempre libre, porque si es cierto que por lo general debían oir el parecer de la comunidad in arduis, según el derecho canónico no estaban obligados a conformarse con el dictamen de la misma.
Por la autoridad de orden correspondía a los abades todo lo concerniente al oficio divino, funciones pontificales, tonsuras de sus súbditos y algunos privilegios particulares.
y la antoridad de jurisdicción se refería a la potestad disciplinaria y coercitiva.
Además de las atribuciones generales reseñadas, y de otras, natural e indeclinable consecuencia del cargo, fáciles, por tanto, de colegir, tenían los abades las siguientes:
Asistir a los sínodos diocesanos, Visitar sus monasterios,
Establecer cátedra de Sagrada Escritura, Residir su cargo, esto es, residir en su abadía o monasterio.
Castigar a sus súbditos, no por odio ni por venganza, sino con sujeción a la regla, Inventariar, al hacerse cargo de la abadía, todos los bienes de ella, bienes que no les era lícito enajenar.
Hasta el concilio de Trento, los abades con jurisdicción vere nullius pudieron conferir órdenes menores a sus súbditos, siempre que morasen en su territorio; pero después del dicho concilio no les fue ya lícito hacerlo; ni dar dimisorias sino a sus súbditos regulares o de orden.
Entre las prerrogativas de algunos abades estaba la de poder usar las insignias episcopales, mitra, báculo, anillo, etc.; otros sólo podían usar báculo y no mitra; otros vestimentas episcopales de seda, aunque del color adoptado por la orden respectiva; … la mitra no habla de tener pedrería como la de los obispos; no siendo bendito el abad, había de ser lisa, más pequeña y sin adornos, debiendo además llevar pendiente del báculo un velo blanco. Hasta el siglo XII los abades en España sólo usaban un bastón con muleta.
El cúmulo de prerrogativas concedidas a los abades trajo necesariamente tal cantidad de abusos, que hizo levantar muchas veces la voz al episcopado y produjeron grandes quejas. Los Concilios de Leon (1020) y de Coyanza (1050) mandaron que los abades dependieran de los obispos: sint obedientes per omnia et subcliti suis episcopis. En el título 7 de las Partidas, partida 1.ª, ley 20, y en otros lugares, se dictan reglas contra los abusos cometidos por algunos abades, que no por ellas hubieron de cesar, según se ve por otras leyes posteriores.

VI. Duración Del Cargo De Abad.

– En los primeros tiempos de las órdenes monásticas, y aun mucho después, el cargo de abad era vitalicio.
Posteriormente, y por razones varias que al por menor se contienen en la historia de las órdenes religiosas, y sobre todo por librarse de la plaga de los comendatarios, comenzaron a nombrarlos trienales en especial los benedictinos de la Congregación de Valladolid y los cirtercienses de las dos coronas de Aragón y Castilla. Véase el tomo 50 de la España Sagrada con respecto a los de Fitero, Piedra y Veruela y a los Priores del Santo Sepulcro, y a los Deanes mitrados de varias colegiatas, pues tales abusos afectaban no sólo a las abadías de los monasterios, sino a las de las colegiatas y sus deanatos y también a varios prioratos célebres y ricos. V. Comendatarios Y Encomiendas.

VII. Abades Comendatarios

– Denominábase abades comendatarios a los seglares que tenían encomiendas.
Hallábase principalmente constituída esta clase de abades por potentados civiles, que -en virtud de razones cualesquiera- habían llegado a obtener una o muchas abadías.
A esta categoría de abades comendatarios pertenecen los títulos y los grandes, los abades-condes, o abicondes o abacondes, los abades-milites, los príncipes, los reyes, y lo que es más anómalo, hasta mujeres casadas.
Los abades Comendatarios tenían las mismas atribuciones y los mismos derechos que los propietarios: commendatarii, quoad jura honorifica requiparantur titularibus: solamente se diferenciaban de los otros en que no tenían a su cargo el régimen interior de los monasterios, para el cual era preciso que nombrasen priores, prebostes, o prepósitos.
Pero, por lo demás, eran considerados como prelados. En concepto de tales, tomaban posesión de sus iglesias; besaban el altar; tocaban los libros sagrados y los ornamentos; tomaban asiento en el coro; podían recibir el nombramiento de jueces delegados, y asistir a los concilios, ejercer jurisdicción espiritual y también temporal si tenían el señorío del territorio. Reconocíanlos sus pueblos como señores, y cuando ellos faltaban eran consideradas viudas sus iglesias.
Si estos abades comendatarios tenían cura de almas estaban en el deber de recibir órdenes sagradas en un plazo determinado. V. Abate.
Contra los abusos de los abades comendatarios levantaron su voz las Cortes españolas, y la representación de los conventos, hasta el extremo de hacer intervenir en el asunto la autoridad de los reyes.
Las Córtes de Alcalá de 1348; D. Enrique II en Burgos, 1373; D. Juan I en Guadalajara, año 1390 (leyes 2 y 3, tít. 17, lib. 1. Nov. Recop.), mandaron que los hijosdalgo, ricos-hombres, y legos, no pudiesen tener encomiendas en los abadengos, y que los tenedores las dejasen desde luego, sin aprovecharles fuero, uso, costumbre, privilegio, carta ni merced ninguna.
Así cesaron en España los abades comendatarios seglares, menos en Vizcaya a virtud de sus fueros. Fuera de España se dieron en encomienda muchas abadías a mujeres casadas, y la historia menciona entre otras a Alpays, mujer del conde Begon, abadesa de San Pedro de Reims; a Thietberga, mujer de Lotario, abadesa de Avenai; a Bertha, suegra de Othon 1, abadesa de Merenstein; a Rotilda, suegra de Rugo el Grande y madre de Rugo Capeta, abadesa de Cheles; a Ogina, madre de Luís VI, abadesa de Santa María de Laon, etc.
Los duques de Orleans, Felipe 1 y Luis VI de Francia, fueron abades de Saint-Agneau; los duques de Aqnitania lo fueron de San Rilario de Poitiers; los de Anjou, de Saint-Auvin; los condes de Vermaudois, de San Quintín, etc.
El decreto de Alejandro VII de 27 setiembre 1659, contiene las prescripciones más importantes contra tales abusos, y esas prescripciones se han considerado mucho tiempo y aun se consideran como de derecho común.

Abadengo Ga

. El dice. de la Ac. Esp. de 1726 decía: adj. Perteneciente o relativo a la dignidad o jurisdicción del abad. Tierras ABADENGAS, bienes ABADENGOS m. Abadia, tercera acepción. ant. Poseedor de territorio o bienes abadengos.

Abadengo

s. m. El territorio, bienes, y lo demás,perteneciente al abad, en que se incluyen, no solo los lugares, tierras, viñas y heredades, sino también la jurisdicción, derechos y preeminencias. Es voz antigua, que hoy permanece en todos sus significados, especialmente en los despachos y provisiones reales. Llamóse en lo antiguo también abadengo al poseedor de la abadía. Por extensión, no solo el señorío de los abades y abadesas, sino el de toda persona eclesiástica.

Abadengo

Hist. Lo abadengo ha pasado por todas las vicisitudes de los demás señoríos. Nació con ellos; simultáneamente con ellos adquirió desarrollo, llegó a un período de engrandecimiento, y desde ese mismo punto comenzó su decadencia, que fue cada vez a más, hasta extinguirse por completo.
Poco tiempo después de su aparición entre las instituciones sociales, los monarcas otorgaron decidida protección a los abadengos, considerándolos propiedad indiscutible: en consecuencia, los ampararon contra las usurpaciones de la nobleza y contra las pretensiones de los pueblos. Prohibieron, pues, repetidas veces que los adelantados, merinos e hijosdalgo no tomasen en lo abadengo yantar, conducho ni cosa alguna por fuerza.A esta protección decidida, que contribuyó poderosísimamente al engrandecimiento de lo abadengo, siguieron al cabo los recelos del poder real y los temores de que adquiriese excesivo predominio. Consecuencia de estos recelos fueron las prohibiciones de que lo realengo no pasase a abadengo, así como las declaraciones de que solamente el rey puede tener encomienda en lo abadengo, y otras de idéntica tendencia.

Abadengo

Legisl. Los legisladores dieron a abadengo, en oposición a realengo, la significación no ya solamente de señorío de los abades y de las abadesas, sino de los obispos o de cualesquiera otras personas de estado eclesiástico: siempre, por de contado, que a ese señorío fuese inherente beneficio, o prebenda, o dignidad. 11Por extensión, se usaba alguna vez el vocablo abadengo como sinónimo de manos muertas.

Abadengo

Geog. Pequeño lugar situado a la izquierda del río Torío a 12 km de León, ayunt. de Ga.rrefe de Torío; 17 edificios, caseríos, etc. ||Territorio eclesiástico del obispado de Ciudad Rodrigo, que comprende las villas de LumbreraJes, San Felices de los Gallegos, Sobradillo, Fregeneda, Hinojosa de Duero, Bermillas, Cerralvo, Redonda y el lugar de Alisgal, p. j. de Vitigudino, prov. de Salamanca.

Abadengo De Torío

Geog. Territorio a que se extendían el término y la jurisdicción que la abadía de San Isidro de León ejercía en los lugares de abadengo La Flecha, Fontanas, Pedrun, Riosequín, Ruiforco y despoblado de Villanueva de Mazaneda en aquella provincia.

Abate

(del lat. abire, apartarse, alejarse, irse) interj., imperativo del verbo defectivo ABARSE, ya inusitado. (Véase.) Apártate de ahí, quítate allá, retírate. Guárdate de hacer eso, líbrate de eso. ¡Cuidado! Hoy es voz poco usada generalmente; pero en 1726 decía la Ac. Esp. en su Dice.: Es locución vulgar, pero muy frecuente en Castilla; lat. Oave; discede hinc.