Abba Mari Iarhi

Nombre de uno de los rabinos más célebres de cuantos florecieron en Perpiñán, Mompeller y la Provenza a principios del siglo XIV, es a saber, del que tomó parte más importante en la disputa sobre la licencia o prohibición de los libros de filosofía, que agitaba a los rabinos franceses y españoles en aquel tiempo. Su nombre entero era Abba Mari ben Moisés ben Josef; pero ordinariamente se firmaba Abba Mari ben Josef o Abba Mari hay-yarhi, según se designa a sí propio en el prefacio de un libro suyo. En provenzal se le llamaba don Astruc o En Astruc y abreviado por contracción popular Nastruc. Al decir de Fuerst, Steinschneider y Graetz, usó también el nombre de En Duran.
Desde principios del siglo XIII, la traducción de Maimónides, hecha por Jehudah bcn Tibbon deGranada, que vertió las obras principales de Maimónides del arábigo al hebreo, hab1a conmovido profundamente los ánimos de los doctores israelitas de Francia. Entre tanto la teología cristiana se había incorporado desde el siglo xii una parte del peripatismo, corrigiendo sus asperezas, modificándolo y recibiendo sólo en definitiva de toda la filosofía aristotélica, libre de alteración y enmienda, la Lógica, es a saber, aquella parte de su doctrina, que nadie puede razonablemente desechar. Bar Maimón de Córdoba había expuesto y aplicado la doctrina aristotélica en todo su conjunto, con su teodicea mezquina, su teoría del alma llena de vacilaciones, su negación de la Providencia en el sentido vulgar, su racionalismo sin limitaciones y su aparente materialismo. Aparte de las afirmaciones atrevidas y resueltas a que en materia de religión llegaba Averroes, paisano y coetáneo de Maimónides, el Maimonismo es a la filosofía de los judíos lo que el Averroísmo a la de los árabes. Contradicción de gran bulto ofrece ciertamente la personalidad del maestro israelita, adunando sus ocupaciones teológicas en que exponía con sumo celo el Talmud y la Biblia, con las de corifeo de una filosofía que afirmaba la eternidad del mundo, la negación de la accion creadora, de la revelación, de las profecías y de los milagros; y, aunque parece haber germinado ya en su espíritu la distinción entre la verdad filosófica y la teológica (asilo de los averroístas italianos y de muchos filósofos modernos), en rigor tal distinción fue y debía parecer insuficiente, para calmar los espíritus timoratos y las conciencias devotas.
Hacia el año 1230 los rabinos de Mompeller comenzaron a protestar contra las obras de Maimónides. Poco después, reunido Salomón ben Abraham, rabino ilustre de aquella ciudad, con otros rabinos franceses, se acordó por ellos pronunciar excomunión contra el libro del filósofo español intitulado Guía de los perplejos. Alegaban como razón de su conducta la influencia perniciosa de aquel libro, por cuanto alentaba la afición a los estudios filosóficos, pe1judicaba a la autoridad del Talmud, y no parecía favorecer mucho a la de la Biblia, con la interpretación alegórica ideada sobre ciertas especies y relaciones bíblicas, tales como el haberse parado el Sol por orden de Josué, haber hablado la burra de Balaam, etc. Aprobó el dictamen de Salomón R. Meir Abolafia de Toledo; y, si bien es cierto que el acuerdo no tuvo por entonces consecuencias en España, fue secundado maravillosamente por los frailes franciscanos y los domínicos, los cuales, al tiempo en que Salomón entregaba a las llamas en Mompeller muchos ejemplares hebráicos de la expresada obra, hacían quemar públicamente en París (1233) las traducciones latinas.
Salieron a la defensa de Bar Maimón el rabino catalán Moisés ben Najman de Gerona y el francés David Quimhi, sosteniendo el primero, en 1263, ante don Jaime I con el converso francés Pablo Chrestiá, una célebre discusión en defensa de la bondad del Talmud y de las doctrinas maimonistas, certamen, cuyos resultados, adversos para los judíos, suavizaron un tanto la rudeza de los polemistas fanáticos israelitas contra el filósofo español que era su correligionario. Herida, en un mismo dia, la autoridad del Talmud y de Maimónides, prohibidos a la par el texto íntegro (o no expurgado) de aquel y los Sojrim del filósofo cordobés, los rabinos más intransigentes se limitaron a atacar a la escuela, siendo indulgentes con el maestro, según lo significó Abba Mari, que más de una vez se declaró partidario de la doctrina expuesta en la G1tia de los perplejos. Comenzó la guerra por una carta que Abba Mari escribió a Salomón ben Addereth, el rabino más ilustre de Barcelona, quejándose de algunas prácticas idolátricas y del abandono en que llaman los estudios talmudicos, por la preferencia concedida a los estudios filosóficos y a la interpretación alegórica de la Biblia. Aunque Salomón no compartía las ideas de libre interpretación profesadas por su compatriota Moisés ben Najman, antes bien se inclinaba, no poco, a las antipatías de Abba Mari contra el racionalismo, se excusó con todo de entrometerse, como pretendía Abba Mari, en censuras dirigidas a la comunidad de Mompeller, la cual no era la suya, explicando los motivos por qué había tolerado el uso de un talismán con un león grabado en él y algunos caractéres hebreos contra el mal de riñones. Insistió Abba Mari, doliéndose de que varón tan eminente se abstuviera de emplear su autoridad en negocio tan grave y peligroso, en tanto que cundían por todas partes interpretaciones atrevidas, como la que había pretendido convertir a Abraham y a Sara en puro símbolo y emblema de la unión entre la materia y la forma. Sin censurar, en absoluto, la lectura de los autores griegos, los cuales confesaba que contienen cosas dignas de aprenderse y que no pueden extraviar a nadie (como quiera que todos saben que no tenían conocimiento de la religión verdadera), se lamentaba de que los jóvenes pospusiesen la oración y la recitación de los salmos al estudio de Aristóteles y de Platón. Todavía le parecía aun más censurable el que se leyesen, durante los sábados y fiestas religiosas, libros escritos por judíos con interpretaciones falsas a guisa de explicaciones alegóricas, estimando como un deber de conciencia en todos los rabinos el contrarrestar el mal con excomuniones, según se había verificado en el asunto de R. Gersom de Metz, con lo cual encarecía los buenos efectos de que Addereth tomase la iniciativa, para que otros sabios le siguiesen. Rendido Addereth álos ruegos de Abba Mari, le escribió, declarando que los libros de los griegos contienen veneno para los que los lean sin conocimiento prévio del Talmud, y añadiendo que eran verdaderamente contrarias a la ley las interpretaciones alegóricas a que se atrevían algunos, que veían en Abraham y Sara la materia y la forma, en las doce tribus los doce planetas, en Amalee las malas pasiones, en Loth y su mujer el intelecto y la materia. Tales maestros, concluía, nos tienen por personas de pocos alcances y se consideran corno sabios profundos que revelan los misterios de la ley cuando sólo demuestran locura. Por su parte, Abba Mari hizo correr la noticia de que Addereth acompañaba la carta con una nota confidencial en que le advertía que había condenado y quitado de uso, en las comunidades catalanas, el Libro del viejo rey y el intitulado Malmad (Aguijan), atribuido a Samuel Aben Tibbón, ora a Jacobo Antoli.
Al propio tiempo Aben Addereth escribía a don Crescas Vidal de Perpiñán, previniéndole velase por que no se aplicaran a la ley falsas interpretaciones, coadyuvando en igual sentido, para con el expresado don Crescas, por medio de cartas, su hermano don Bonifás Vidal, quien vivía, como Aben Addereth, en Barcelona. Don Crescas, que era un talmudista templado, respondio a Aben Addereth, que el mal no era tan grande como éste se imaginaba, pues Samuel Sulamí y R. Leví, contra quienes parecía dirigirse la prevención, eran varones piadosos; y, en cuanto a un libro de que le hab1a hablado en Todros de Beaucaire, en el cual se explicaba la historia sagrada de una manera alegórica, y se decía que Amrafel y los otros reyes son los cuatro elementos, no existía en manos de nadie. Por el contrario, aseguraba que había asistido do> ó. tres veces a explicaciones de filosofía, y que no había oído pronunciar ni una palabra siquiera contraria a la Ley. Insistió Ben Addereth con Crescas acerca de la mal empleada protección que dispensaba Sulamí a R. Leví de Villafranca, y obligó a éste a escribir a Ben Addereth, significándole que antes de comenzar sus estudios filosóficos se había impuesto oportunamente en la Biblia y en el Talmud. Sin aquietarse, por tanto, Ben Addereth le contestó advirtiéndole la inconveniencia de interpretaciones, como la de Jacob y las doce tribus, por alegorías del sol y de los planetas, y, arrancando la máscara de hipocresía de los que, sin declararse enemigos de la filosofía, sólo aconsejaban que se estudiase después de la ley y en edad madura, concluía Aben Addereth de esta suerte: La lectura de los libros de los griegos sólo conduce a la herejía. i Cómo ha podido ocurrir que un hombre como tu, después de haber estudiado el Talmud con aprovechamiento, emprenda el estudio de la filosofía cual un principiante, imaginando que apoyando la ley en teorias de filósofos! La ley se sostiene sobre sus piés propios; la filosofía es una rival de la ley, y no hay lugar para ambas en el mundo. Al fin, en agosto de 1304, llegó a Mompeller R. Mordecai de Barcelona, llevando para los rabinos de aquella ciudad una carta . Recibida la carta por Abba Mari, la consultó con sus amigos y familiares para oír su parecer sobre si debía publicarse, y, habiendo sido afirmativo, previa adhesion de varios cabezas de la comunidad, resolvio que se leyera en la sinagoga, un sabado de Elul de 5064 (1304). En tanto, la noticia de la carta y la resoluciónde los enemigos de la filosofía llegaron a oídos de los partidarios de la ciencia independiente. Sobresalía entonces entre los individuos de la comunidad israelita de aquella ciudad un sabio ilustre, conocido por los doctos cristianos b jo el nombre de Profiat o Profatius, como quiera que su nombre entre los hebreos era Jacob-benMajir-ben-Tibbón, es a saber, de prosapia calificada en la defensa de opiniones maimonistas. No solamente era versado Profiat en toda la literatura judaica, y en tal concepto en la Biblia y en el Talmud, sino que sus conocimientos en Matemáticas, Astronomía y Medicina le habían dado una reputación europea. Disfrutaba entre sus paisanos franceses tanto crédito y estimación que, con ser conocidamente hebreo, llegó al puesto de Decano en la Facultad de Medicina. Solía considerar tan ilustrado rabino la ignorancia en el judaísmo como unida inseparablemente a sus mayores adversidades, y aspiraba a la rehabilitación de su raza en el concepto de las demás naciones, no menos que por las riquezas, por el influjo de la educación y de la cultura científica.
Probablemente mediaron entre Abba Mari y Profacio algunas conferencias acerca del objeto de la carta de Aben Addereth; mas puede colegirse que no llegarían a un acuerdo decisivo, dado que el viernes, víspera del día señalado para la lectura, Jacob-ben-Majir fue a rogar a Abba Mari que no publicara la carta, porque le haría oposición muy viva. Despidiole Hay-yarhi con grandes recriminaciones, y leyó la censura en la sinagoga, no sin dar lugar a que usase de la palabra Profacio, el cual, cumpliendo la amenaza del día anterior, censuró la carta en términos vehementes. Desde entonces, se dividieron en dos partidos los rabinos de Mompeller, amigos y beral a escribir a los rabinos de Barcelona significándoles su asombro por la prohibición de los estudios filosóficos, los cuales habían sido cultivados, decían, por el rey Salomón, por los talmudistas y por el mismo Maimónides, quien se ejercitó en ellos desde su edad primera, por cuya razón era de creer volviesen sobre su acuerdo. Abba Mari, que tenía amigos entre los deudos de los racionalistas, sabedor del momento en que se escribía la carta; había prevenido sus efectos remitiendo otra de antemano con veintisiete firmas de otras tantas personas distinguidas de la sinagoga, al efecto de testificar que la lectura de la carta había sido oída con aplauso. A demás de esto, al saber después el efecto que había comenzado a ejercer entre los doctos rabinos de Cataluña la carta del insigne Profacio, escribió nuevamente a Barcelona, ya aconsejando rigor, para que la censura epistolar se trocase en un decreto de excomunión en regla contra los que cultivasen la filosofía antes de los treinta años o diesen o recibiesen explicaciones alegóricas (decreto que firmarían a su juicio todos los jefes de las comunidades), ya desfigurando los hechos, pintando como unánimes a todos los rabinos de Mompeller acerca del contenido de la carta, incluso Profacio, quien sólo se había levantado (escribía) a discutir entonces, movido por instigación de su pariente Jehuda-ben-Moisés-Aben-Tibbón, creyendo falsamente que él, Abba Mari, era enemigo del autor del .Malmad y de Samuel Aben Tibbón; lo cual rotundamente negaba. Explicaba, en fin, la razon de que figurasen algunas firmas idénticas en las cartas de uno y otro bando, por el buen acuerdo y armonía entre los miembros de la aljama, excepto Jehuda Aben Tibbón. Por lo que toca a R. Addereth, que en el fondo, como los más de los rabinos españoles, se hallaba muy lejos de compartir las exageraciones de Abba Mari contra el estudio de la filosofía y el empleo de la razón (pareciendo plegarse exteriormente a los deseos de aquel por su posición especial respecto de los teólogos cristianos, que comenzaban a inculparle de racionalismo), al leer la protesta enérgica de los rabinos liberales redactó una respuesta mesurada, cuyo tenor era el siguiente: Advertid que ni yo he comenzado la disputa ni os he tr-atado desdeñosamente. Leed mis cartas y averiguaréis la verdad. Cierto es que uno de los sabios más ilustres de vuestra comunidad me indicó la especie de que, en vuestro país hay demasiada afición al estudio de Platón y de Aristóteles, pero sin citarme lugares ni personas. Al rogarme, con insistencia, que me expresase con vigor contra los que se entregaban a tales estudios, me ha impuesto una tarea enojosa. Por último, debéis tener en cuenta que, al dietar mis declaraciones, no lo he verificado contra la generalidad de la aljama, sino contra dos o tres personas que difunden interpretaciones erróneas. Si no quisieseis seguir mi opinion, nada tendría que objetaras. Posible es que yo mismo me haya engañado. Releed por tanto mis cartas y mostradme los errores en que haya incurrido, pues yo acogeré vuestra opinión benévolamente. Al propio tiempo, tres rabinos de Barcelona, a nombre de toda la comunidad, escribieron a losjefes del partido liberal de Mompeller, declarando que no se habían condenado en modo alguno los estudios filosóficos, sino el que los jóvenes los comenzasen en edad temprana.
Mas, fuese disimulo de Aben Addereth, o fuese deseo de parecer bienquisto con la enteello es que continuó escribiendo a Abba Mari, no sin quejarse de la desobediencia del partido contrario y de sus injusticias, invitándole con todo, a que aceptara el arrepentimiento de cuantos se corrigieran, y excitándole en fin, a que se pusiese de acuerdo con Salomón de Lunel, para templar la disputa.
La respuesta de Salomón demostró una vez más la destemplada exageración o la mala fe deAbba Mari. Quejábase aquel a Addereth de que hubiese prestado oídos a las calumnias de éste, sin observar que la mayoría de la comunidad de Mompeller tenía en mucho y honraba los principios de la familia Tibbonida, que desde los tiempos de su antepasado Jehuda Abben Tibbón de Granada era el ornamento de la comunidad de Mompeller y cultivaba tradicionalmente la Ley a la par con la ciencia. También le echaba en rostro que él, natural de un país célebre por el cultivo de los estudios filosóficos, hubiese escrito a las comunidades del Este de Francia, donde se odiaba hasta el nombre de Filosofía, juzgando severamente la conducta de las aljamas de la Provenza, como si se quisiese resucitar la antigua disputa sobre la Guía de los perplejos. Porque ¡cómo -sería posible entender tan docto libro, escribía el entendido Rabí, sin estar iniciado en la filosofía! Rogábale, por último, que desistiese de su empresa de lanzar excomuniones contra los que se dedicasen a la filosofía, dejando a las aljamas en libertad de cultivar o no su estudio. Contestó Aben Addereth, repitiendo, que hacía tres años se le perseguía para que se mezclara en las contiendas de las aljamas provenzales, en las cuales sólo había tomado alguna parte, a ruego de personas de comunidades distintas, cuyo nombre se abstuvo de publicar. En cuanto a las cartas que se decía haber dirigido a las comunidades del Este, le bastaba representar que no había menester exhortaciones para que dejasen de cultivar los estudios filosóficos; porque el país de Rabi, de R. Jacob Tam y de otras celebridades así como las comunidades de Alemania, se había consagrado unicamente, por lo que toca a las escuelas judías, al cultivo de la Ley y del Talmud. Aun las comunidades de Aragón, de Navarra, de Castilla, inclusa la misma de Toledo, a tenor de lo que le escribía R. Axer ben Jehiel, se hallaban purificadas de filosofismo hasta el punto de que se ocupaban sólo en el estudio de la Ley, abandonados los estudios filosóficos y científicos tan florecientes allí en otros tiempos. Añadía que su fin era reducir las aljamas provenzales a la pureza que se gozaba en España, sin que por tanto fuese cierto que hubiera intentado prohibir la Guía de los perplejos; libro que a su juicio no era de filosofía, y que estimaba .en grado eminente, según se deducía de h actitud conciliadora con que había mediado en la disputa, promovida por su introducción en San Juan de Acre, como de la buena amistad que guardaba con la familia de Maimónides establecida en Egipto. Concluía señalando, que no una persona sola, sino muchas pertenecientes a familias muy distinguidas le habían movido a que dictase sus declaraciones, y que, en rigor, él no se presentaba como juez, en tales asuntos, pues sólo juzga Dios, sino cual hombre informado de lo que se le había referido, toda vez que él no había excitado a la lucha, sino a la concordia. Sólo una vez le había escrito como asimismo a los distinguidos rabinos R. Jacob Abén Tibbón y R. Samuel de Beziers, y esto, a fin de que uniera sus esfuerzos para apartar la aljama de una senda de perdición en el concepto público.
A pesar de esta respuesta, convinieron entre sí Abba Mari y Aben Addereth proseguir silenciosamente la tarea de influir contra el cultivo de los estudios filosóficos, esperando para adoptar una medida más decisiva que viniese a Barcelona el rabino de Toledo R. Axer ben Jehiel, llamado abreviadamente Ras o Ros, maestro alemán, que había sido su maestro.
Sabedor Profacio de aquellos trabajos persistentes, escribió a Aben Addereth en estos términos: Me admiro de que te atrevas a prohibir estudios acerca de los cuales los maestros del Talmud escribieron muchas obras. Si tales estudios son tan peligrosos para la Ley, no comprendo que puedan ser permitidos a los setenta años y no antes de los veinticinco. Por lo que toca a la Mercaba (carro de Dios) de Maimónides, que pretendes ha de ser interpretada según el sentido preciso del texto, es mi opinión que puede ser lícitamente objeto de varias interpretaciones; por entender que sus misterios no serán: revelados a nadie en este mundo. Menester era que te hubieras informado mejor antes de condenar a nadie como reo de falsas interpretaciones, sólo por el testimonio de un sujeto, por docto y respetable que (Samuel Abén Tibbon), a quien has intentado quitar del pedestal, gozó de mucha estima entre todos y en particular era apreciado por el Rey de la Ciencia (Maimónides); yo me acuerdo que, en mi niñez, oía leer sus obras en la sinagoga enemigos de la ciencia. Maimónides mismo honró a Samuel con su correspondencia y no cesaba de alabar sus traducciones. Cierto es que las obras de los griegos contienen herejías; mas esto no ha sido obstáculo, para que por mi parte haya sacado de su lectura alguna ventaja y provecho. A. este fin, suelo trazarme un límite entre la Ley y las ideas griegas; límite que, por punto general, no debe traspasarse, y, si alguna vez lo he traspasado, ha sido siguiendo las huellas y con la autoridad de mis predecesores. A demás de esto, soy de parecer que, existiendo en las obras agádicas muchas extravagancias, de que se burlan los cristianos, si un sabio acometiese el interpretarlas razonablemente, sin tormento de la verdad, merecería aplauso. Después de todo, el público podrá aceptar o rechazar libremente su interpretación, por cuyo motivo yo no me opongo a tales lucubraciones, puesto que por otra parte no las promuevo. Ni entiendo qué te has propuesto en tu respuesta sobre esta disputa al significar que no te quieres meter en nada, en tanto que continuas lanzando condenaciones, si es que no pretendes tener el hilo por los dos cabos. Pero si imaginabas aterrar con tu primera carta a losnes con que contaba; y, habiéndole dirigido una demanda formal, firmada por él y por Caloninos de Narbona, para que no se admitiesen jóvenes a los estudios filosóficos antes de cumplir veinticinco años, Aben Addereth fulmino la excomunión demandada. En la sinagoga de Barcelona fue leída la prohibición de estudiar los libros griegos antes de los veinticinco años, y de interpretar alegóricamente la Biblia, un sábado, a principio del mes de Ab de 5365 (agosto de 1305), día en que correspondía leer en el oficio la sección bíblica Elle addebarim.
El partido liberal, por su parte, cuando tuvo noticia del anatema lanzado por Aben Addereth, respondio a él con excomunión igual, lanzada por la comunidad de Mompeller contra los que estorbasen a sus hijos el dedicarse a tales estudios antes de los veinticinco años. Excitado, con esto, el fanatismo de Abba Mari, escribió y envio mensajeros a Provenza y a Marsella para publicar que la contra prohibición no había obtenido su firma, mientras la censura de Aben Addereth contenía muchas adhesiones.
Dirigióse después a Axer ben Jehiel de Toledo, para oír su opinión sobre el anatema fulminado. Contestóle este rabino que había tenido dos razones muy poderosas para no adherirse a ella; el haber sido muy bien recibido por los provenzales, durante su viaje de Alemania a España, como quiera que aconseja el refrán no se arrojen piedras al pozo del cual se ha bebido.En cuanto a las opiniones especiales de Abba Mari, se hallan expuestas, primero, en diez y ocho capítulos que preceden, a guisa de introducción, a la correspondencia que medio sobre el asunto que la condenación mencionada; compilación debida al mismo Abba Mari, quien la intituló Minhat Quenaoth: y segundo; en quince capítulos, que constituyen el folleto intitulado Sejer Yareh, que es la pieza n.o 50 de la correspondencia, en el cual, para justificar la condenación ya pedidaá R. Aben Addereth, le dirige su profesión de fe. El Minhat Quenaoth, o sea la compilación del proceso hecha por Abba Mari, ha sido impreso en Presburgo (Hungría) en 1833. Existen además manuscritos muy importantes de dicha compilación en poder de Mr. Halberstam, en la biblioteca de Parma, en la colección de Mr. Günzburg de París, en la biblioteca de Turín y en la de Oxford. Puede consultarse tarn bién un extracto crítico muy interesante publicado en el tomo XXVII de la Histoire littéraire de la France, págs. 648-695. También poseemos de Abba Mari una elegía de seis estrofas. Xabtai Bass le ha atribuido un comentario sobre la liturgia aramea para la fiesta de Purim, compuesta en el siglo XI por Abén-Gayat de Lucena; pero las palabras árabes de que abunda el comentario autorizan poco la opinión de que se haya compuesto por un rabino del Mediodía de Francia.

AA

(Aa, lo mismo que A, Aach, Ach, y Ache (compárese con AAR) es el nombre o el prefijo de muchos ríos y arroyos ; se deriva del antiguo alemán Aha, agua corriente; aleman medio ahe; gótico ahwa, río; anglo-sajón ea ; lat. aqua, agua; celt. ach; it. acqua, Acquapendente; port. agoa, Agoa Fria; fr. Aigue, Aigues (Aix, eaux), Aigues Mortes, aguas estancadas, Aix-la-Chapelle, aguas de la capilla (Aquisgráu), Bordeaux, borde de las aguas (Burdeos). Ac es terminación o sufijo que denota proximidad a un arroyo como en Biberac: gaélico ab, abh, aba, agua; kimry ew; gótico ahwa; antiguo alemán aha. Comparese con el célt. Aven, Avon, agua, río; de donde Avenburg, ciudad sobre el arroyo, Avondale, valle junto al río. Ab, aub, persa, agua, río; Doab, dos ríos, Punjaub o Pendjab, cinco ríos, Abicure, Ab-i-cure, río de Kur o Ciro. V. Aast.

Aa

Geog. Río de Francia, que nace en Bourthes-les-Hameaux, es navegable desde Saint Omer, separa el departamento del Paso de Calais del Norte, y desagua en el mar del Norte, cerca de Gravelinas, después de haber recorrido 82 km de los que son navegables 29. Varios canales le ponen en comunicación con el Lys, con la cuenca del Escalda, con Bourbourg y con los puertos de Calais y Dunkerque.

Aa O Grande Aa

Geog. Río de Bélgica, en la prov. de Amberes; nace cerca de Raevels, recorre 28 km y se une al Pequeño Nethe, en las inmediaciones de Herenthals.

Aa

Geog. Río de Bélgica que nace casi en el mismo punto que el anterior; corre en dirección opuesta, penetra en el Brabante holandés y desagua en el Dommel, cerca de Bois-le-Duc, mezcladas ya sus aguas con las del Beerze; hasta la conf. con éste tiene 40 km de curso.

Aa O Drentsohe Aa

Geog. Río de Holanda, prov. de Groninga, af. del Hunze.

Aa

Geog. Ríos de Holanda, Brabante, dos de ellos af. del Dommel, y otro del Mark, cerca de Breda.

Aa

Geog. Río de Suiza, nace en el cantón de Lucerna, lago Baldegg, pasa por Lenzburg y desagua en el Aar; curso 24 km.

Aa

Geog. Río de Suiza, cantón de Unterwalden ; nace en el monte Surenen, donde forma muchas cascadas, pasa cerca de Stanz y desagua en el lago de los Cuatro Cantones cerca de Buochs; curso 35 km || Río del mismo cantón, que nace en el lago Lungern, atraviesa el de Sarnen y desemboca cerca de Alpnach en el lago de los Cuatro Cantones; curso 22 km. El curso superior del Glatt, cantón de Zurich, se llama también Aa.

Aa Curlands

Geog. Río de la Curlandia, prov. báltica de Rusia, también llamado Bolder Aa o Buller Aa, que pasa por Mitau y se divide en dos brazos, uno que desagua en la desembocadura del Duna y otro en el golfo de Riga; curso 212 km. Hay otros muchos mas ríos pequeños y arroyos del mismo nombre en Holanda ( Overissel) ; en Alemania ( Hanover, Westfalia, Provincia Re