Abdominoscopia

(del lat. abdomen,) s. f. Exploración del abdomen, hecha con la ayuda de la palpación y percusión sobre el dedo, o sobre el plexímetro.
Esta exploración está constituida por una serie de operaciones, que en muchas circunstancias no sólo dan a conocer al profesor el estado de esta región y de sus alteraciones anatómicas, fisiológicas y patológicas, sino también otros muchos padecimientos generales de la economía. Es, por tanto, excusado encomiar la importancia del examen del vientre desde un punto de vista clínico. Para dar una idea clara de cómo esta operación debe efectuarse, convendrá exponer de un modo general los diversos actos que la componen: inspección, palpación, percusión, medición y auscultación. Algunas veces hay que practicar el tacto vaginal o rectal y el cateterismo como complemento del examen, por más que estas operaciones no constituyan realmente parte esencial de la exploración abdominal.
A fin de evitar toda causa de error, y al propio tiempo impedir que el enfermo sufra una impresión penosa y tal vez perjudicial, deberá practicarse el examen en una habitación cuya temperatura sea suficientemente elevada, porque, a no ser así, el frío, contrayendo las paredes del vientre, no permitirá formar un juicio exacto. Deberá estar el individuo acostado con la cabeza un poco alta e inclinada sobre el tronco, y los muslos y las piernas en semiflexión, para obtener la mayor relajación posible de las paredes abdominales, y también se evitará que hable o que ejecute movimientos que podran modificar la disposición de los órganos contenidos en la cavidad.
La inspección es el primer acto de la exploración. Debe efectuarse siempre descubriendo por completo el vientre con los respetos debidos al sexo y al estado del enfermo. Tiene por objeto apreciar el color y continuidad de la piel, los cambios del volumen total o parcial del abdomen y la regularidad o desorden de sus contracciones. Las enfermedades parasitarias, herpéticas, sifilíticas, erisipelatosas, modifican de un modo especial la coloración de la piel: las manchas azules en el síncope, las rosadas en la fiebre tifoidea, las petequias en el tifus, tienen en esta región su asiento de preferencia; la raya oscura por debajo de la línea blanca y las digitaciones azulosas en el embarazo; las arrugas, indicio de pérdidas de sustancia adiposa; las vascularizaciones anormales en ciertos estados flegmásicos; el edema de las paredes y los trayectos arteriales y venosos marcándose de un modo exagerado en la superficie del abdomen y que hacen sospechar la existencia de una obliteración o compresión en la vena cava inferior o un obstáculo en la circulación de la vena porta, son otros tantos fenómenos que a la simple vista pueden conocerse. Las cicatrices de vejigatorios, ventosas, sanguijuelas, pueden, aunque de un modo vago, contribuir al diagnóstico del padecimiento del momento por los antecedentes que suministran de cambios de volumen del vientre y las alteraciones que en su forma y aspecto imprimen ciertos estados funcionales o patológicos; pero no hay que olvidar que el sexo, la obesidad y los años producen modificaciones en esta región, que no deben confundirse con fenómenos de otro género. La distensión general de las paredes por acumulo de gases, por derrame de líquidos, por inflamaciones de la membrana peritoneal; la distensión parcial por infarto de alguna víscera, por tumores de todas clases, por derrames enquistados; la lentitud, la rapidez o la manera gradual cómo estos cambios han ido verificándose, signos son que la inspección revela y que el clínico aprecia como de gran valor diagnóstico.
La palpación se efectúa adoptando el enfermo diferentes decúbitos según el órgano que se quiera explorar, con la mano extendida sobre el vientre, comprimiendo lenta y gradualmente sus paredes, sin producir contracciones ni dolor y cesando tan luego corno el enfermo experimenta molestia; que ese mismo resultado, al parecer negativo, indica la hiperestesia de la región explorada. Por la palpación se aprecia la temperatura, la tensión y dureza del abdomen, las pulsaciones de ciertos tumores y muy especialmente la sensibilidad que tantos indicios suministra según es general o parcial, superficial o profunda, continua o pasajera. Permite la palpación reconocer el volumen, el sitio, la forma, la resistencia, la elasticidad de algunas vísceras, que llegan a circunscribirse en toda su extensión entre las manos de un observador experimentado. Las obstrucciones intestinales, las lesiones circunscritas de estos mismos intestinos, las hernias y hasta las más ligeras dilataciones de los anillos pueden fácilmente descubrirse por medio de esta operación hábilmente practicada.
La percusión, ya mediata ejecutada con la mano, ya inmediata con ayuda del plexímetro, da a conocer si existe o no fluctuación en el interior del vientre, si esta fluctuación es efecto de un derrame peritoneal o de un líquido enquistado. Por el grado de sonoridad, por su aumento o disminución, pueden apreciarse ciertos estados inflamatorios de las vísceras, trasposiciones de órganos, producciones neoplásicas, los distintos períodos de la gestación, la cantidad y altura de los derrames peritoneales y otra multitud de fenómenos morbosos, mucho más apreciables, si, como debe tenerse en cuenta al practicar este examen, se establece la comparación entre los sonidos producidos y los que en el estado fisiológico corresponden a cada sitio observado.
La medición, que se ejecuta pasando una cinta métrica a diferentes alturas al rededor del vientre, no constituye verdaderamente un signo diagnóstico, y sólo puede servir para apreciar la lentitud o rapidez de los progresos de los derrames, bien de la cavidad peritoneal, bien de algún quiste ovárico. La medición apenas se emplea, pues todo lo que ella pudiera indicar es fácilmente apreciado por la palpación y la percusión.
La auscultación, como signo diagnóstico en la Abdominoscopia, tiene un valor muy restringido, pues no es fácil dar una idea sucinta de los ruidos que el oído percibe, explicados por cada autor a su manera y distintamente calificados, como acontece en toda sensación subjetiva. Ni los ruidos de roce que se dicen característicos de las peritonitis; ni el chasquido (chis-chas) que algunos han observado en los casos de cálculos de la vesícula biliar; ni el retintín metálico percibido al chocar una sonda con una piedra en la vejiga; ni los ruidos de soplo a través de los tumores situados sobre un vaso arterial, son constantes ni fácilmente apreciables, ni en su valor meramente condicional puede basarse un diagnóstico con algunos visos de probabilidad. En el único caso en que es verdaderamente indiscutible la importancia de los signos suministrados por la auscultación abdominal es en el embarazo, puesto que por el soplo placentario y por los latidos del corazón del feto, perceptibles desde el quinto mes, puede hacerse el diagnóstico diferencial entre el aumento normal dl del útero y los varios tumores que pueden tener asiento en esta misma region.
Respecto al tacto vaginal o rectal y el cateterismo de la uretra, ya queda dicho, que a pesar de ser complementarios en muchos casos de la exploración abdominal, no pueden ser descritos ni juzgados en este lugar.